La integración económica en América Latina sin
duda alguna constituye un elemento muy importante para el
crecimiento económico de los países. Sin embargo no debe aceptarse
como el único remedio a todos los males que enfrentan los países en
vías de desarrollo pues existen múltiples factores que inciden en la
pobreza y la falta de competitividad y que no serán remediados con
la simple uniformidad de criterios comerciales.
El tema de los procesos de integración que deberá
seguir América Latina invita a una muy seria reflexión basada en la
revisión de otras épocas históricas que presentan similitudes con
los acontecimientos actuales.
Siempre es deseable la integración de países que
comparten la misma historia, que hablan el mismo idioma o que
coinciden en determinado espacio geográfico, pero habría que saber
hasta qué grado es factible y conveniente pues hasta ahora la
Historia parece confirmar que la desigualdad entre los grupos
sociales es natural e inevitable, y que la paridad es algo muy
difícil de obtener a través de procesos racionales o convencionales.
En algunas escasas ocasiones la unificación
política se ha logrado gracias a la coercibilidad del aparato
estatal y desaparecido el brazo fuerte del poder la desintegración
es incluso más violenta que antes. Es, por ejemplo, el caso de la
Yugoeslavia del General Tito que, en 1953, consigue, mediante una
nueva Constitución, la creación de la República Federal Socialista
de Yugoslavia integrada por Serbia, Bosnia-Herzegovina, Eslovenia,
Croacia, Macedonia y Montenegro. Estos eran pueblos casi idénticos
racialmente, sin embargo, no bien hubo muerto el General, se
disolvió la Federación y la disgregación acrecentó los
resentimientos que detonaron en la década de los noventa, con las
guerras yugoeslavas.
En otras ocasiones, se trata de lograr la
unificación alrededor de cierto sistema impuesto por el grupo
dominante mediante la aplicación de instrumentos jurídicos o a
través de presiones, como los embargos comerciales o financieros que
se derivan de tratados internacionales y que, por lo regular, no
favorecen a la nación más débil económicamente hablando.
Convendría también examinar con detenimiento el
concepto de la "globalización" pues es algo que parece muy novedoso,
pero que no debiera sorprendernos tanto ya que ha habido otros
momentos en los que se ha intentado el derribamiento de fronteras
para movilizar mercancías, personas, servicios e inversiones y
después de un tiempo de apertura viene la separación y la
construcción de otras barreras.
Me parece necesario el análisis objetivo de tales
cuestiones para entender la evolución del comportamiento humano
(que, por cierto, no ha cambiado mucho desde que Grecia globalizó
culturalmente al mundo antiguo) y para no dejarse llevar por
espejismos de bienestar que pudieran derivar en grandes desilusiones
y conflictos.
Uno de los períodos históricos que presenta una
fuerte concentración de desarrollo económico, de tecnología y de
importantes avances científicos se dio durante lo que se ha llamado
"Era del Capital" (1844-1875). En estos años, la instalación de
redes ferroviarias y la utilización de otros medios de comunicación
llevaron a un auge económico sin precedentes que hizo al mundo tomar
conciencia de su cercanía. La transformación tecnológica más
trascendente del período fue el telégrafo eléctrico, utilizado por
primera vez en 1844. En 1897, Guillermo Marconi llevó a cabo la
primera comunicación inalámbrica entre las poblaciones de Laverck
Point y la isla Fratholm, en el Canal de Bristol, separadas por una
distancia de alrededor de 5 kilómetros, con lo que se da inicio a la
radiodifusión de ondas hertzianas permitiendo la transmisión de la
palabra y de los sonidos, transformando para siempre la comunicación
interpersonal. Se descubría oro en California y Australia.
Aumentaron las exportaciones en Gran Bretaña y en Bélgica, que
enviaba hierro al extranjero. En Prusia se incrementaron las
inversiones en sociedades mercantiles sobre todo en el ramo
ferroviario mientras que la primera feria mundial con fines
comerciales se celebró en Londres, en 1851, a la que asistieron más
de 6 millones de personas.
Los gobernantes cambiaron sus políticas
proteccionistas por otras que buscaron legitimación ofreciendo
prosperidad. El mercado era el único rector de la economía y la
compraventa de mano de obra una mercancía más. La industrialización
de Alemania basada en la producción masiva del acero fue un hecho
histórico. Todo se puso al servicio de la industria, incluso la
educación y la ciencia así como el concepto de democracia, que
también fue revisado ya que no todos los hombres tenían la misma
capacidad para decidir las grandes cuestiones del gobierno. Para
ello, la legislación tuvo que adaptarse también.
La gran liberalización del comercio contribuyó a
la expansión económica estimulando la inversión y la empresa
privada. Los motivos para buscar la unión de ciertas regiones fueron
fundamentalmente de tipo económico. La depresión económica de 1857
fue determinante para los movimientos de unificación en Italia y en
Alemania. En el caso de Italia, la unificación implicaba la
expulsión del Imperio de los Habsburgo al que pertenecía la mayor
parte del norte del país y, la unificación de Alemania presentaba el
problema de conciliar a los miembros de la Confederación Alemana,
Prusia y Austria y definir el destino de los principados. Otro de
los factores que contribuyó al impulso económico de entonces fue la
combinación de capital barato con el rápido aumento de los precios.
En el siglo XIX el auge económico fue
inflacionario, lo que benefició a los productores, comerciantes y
promotores ya que abundaba mano de obra barata y aumentaban los
puestos de trabajo1.
La política, tanto internacional como al interior
de los países, pregonaba la instauración del Estado-Nación cuyos
elementos esenciales e irrenunciables eran el territorio, una
determinada composición étnica, el lenguaje y la soberanía. Pero
cabe destacar que la Nación tiende a ser más un concepto ideal que
una realidad y que son las instituciones las que dan uniformidad y
fuerza al Estado, por ello, para los nacionalistas era indispensable
promocionar un Estado conductor que asegurara la educación pública,
los puestos de trabajo y el servicio militar y que exaltara también
institucionalmente el sentimiento de identidad nacional.
En los primeros años del período analizado, las
nuevas condiciones del mercado lograron estabilidad en gobiernos
antes sacudidos por revoluciones, pero es importante observar que
nunca los períodos de calma son demasiado largos ya que el
intercambio comercial y cultural conduce a homogeneizar no solamente
las prácticas comerciales, sino el modo de vida y las costumbres y
la inhibición de las identidades locales provoca resentimiento y la
formación de grupos revolucionarios que buscan abrir espacios
políticos basados en la representatividad de los grupos menos
favorecidos. Por todo ello, muchas veces, la pretendida asimilación,
paradójicamente, lejos de lograr el acercamiento pretendido, provoca
exacerbadas reacciones nacionalistas. Así, en pleno auge económico,
los gobernantes tuvieron que enfrentar agitaciones internas
provocadas por la clase media liberal y los demócratas radicales a
los que después se agregaron incipientes movimientos de la clase
trabajadora. Los localismos ganaron tanta fuerza que sirvieron de
fundamento en buena parte a las dos guerras mundiales y a la llamada
"guerra fría".
Algunos tratadistas afirman que la generación
posterior a 1848 no fue una época de revoluciones, sino de cruentas
guerras, como la de Crimea 1854-1856, provocada por la política rusa
de dividir Turquía o convertirla en satélite y cuyos efectos en la
región todavía actualmente son evidentes.
Las explosiones de 1848 volvieron inevitable la
división de Europa en revolucionarios y conservadores. Este cisma
artificial impidió imaginar soluciones razonables basadas en el
sentido común. Todo sería una batalla de extremos2.
Entre 1848 y 1875 se observa un sangriento
período en el que el proceso de expansión capitalista mundial
multiplicó las tensiones en ultramar y las ambiciones del mundo
industrial… En el sigo XX todo el continente americano pasó de una
dependencia económica británica a otra norteamericana...3.
Ante tal panorama se tuvieron solamente dos
opciones, (parecidas a las que tenemos hoy en día los países de
Latinoamérica), una era la asimilación al modelo nacional y la otra
era ser diferente, lo cual se traducía por el grupo dominante, no
como distinto, sino "inferior".
Después de 1859 aumentó la actividad política por
la presión del capital acumulado rentable y debido a que los medios
de comunicación y de producción hicieron que la economía capitalista
se multiplicara.
Hasta aquí podemos encontrar similitudes
verdaderamente importantes entre el fenómeno al que se llama
actualmente "globalización" y lo sucedido durante el siglo XIX, pues
en la Era Industrial, lo mismo que ahora, el capitalismo se había
convertido en una economía genuinamente mundial uniformada a través
de los medios de comunicación e impuesta a muchos por los intereses
políticos de unos pocos.
También entonces, como ahora, el sentimiento de
unificación internacional, trajo consigo nuevas formas de
coordinación internacional y organismos estandarizados por ejemplo
la Unión telegráfica Internacional de 1865 y la Unión Postal
Universal de 1875.
Sin embargo, y como se descubrió más tarde, el
proceso de expansión era curiosamente catastrófico. A los auges
astronómicos les sucedían agudas depresiones de cada vez mayor
amplitud mundial4.
Las materias primas sólo se encontraban fuera de
Europa. El petróleo, utilizado como combustible para lámparas. En
1859 se habían producido solamente 2 mil barriles, pero para 1874 ya
eran casi 11mil barriles, extraídos sobre todo en Pennsylvannia y
Nueva York y que facilitaron a Rockefeller fundar la Standard Oil
Company, a partir del control de su transporte5.
En 1857 empezó en Nueva York una paralización
bancaria que fue probablemente la primera depresión mundial moderna.
Pasó a Gran Bretaña, al Norte de Alemania y luego de Escandinavia y
Hamburgo hasta América del Sur, dejando bancarrotas y desempleo.
También hubo en la década de 1870 y 1880 graves depresiones agrarias
provocadas más por los precios de los mercados que por factores de
la naturaleza.
Durante la década siguiente a 1860, se hizo
creciente la presión popular a instaurar el sufragio universal y
hacía el fin de nuestro período sólo la Rusia zarista y la Turquía
imperial se mantenían como autocracias. Surgió la burguesía liberal
como fuerza política y decayó totalmente el absolutismo. La
sustitución de los regímenes de gobierno autócratas por nuevas
formas representativas enfrentó los intereses de clases con los de
las masas.
La fundamental hendidura en la sociedad europea
había dejado de ser a mediados del siglo XIX, la distinción
histórica de una aristocracia y un clero privilegiados y una gran
masa de plebeyos sin privilegios. Se había convertido en una
hendidura que separaba a los que tenían, de los que no tenían; a los
que poseían la maquinaria de la producción, de los que trabajaban
para ella; a patronos, de los empleados. En una palabra: a los
burgueses, de los proletarios6.
Respondiendo a la reacción siempre pendular de la
conducta humana a través de la Historia, se observa como, casi de
manera automática, el nacionalismo exacerbado dio lugar el
contranacionalismo y dentro de este contexto apareció la voz de "el
proletariado" que encontró identidad en la política.
En la mayor parte de Europa surgió el
sindicalismo al mando de los socialistas y de los Marxistas, cuyas
ideas de transformación social fueron acogidas de inmediato por el
movimiento obrero.
Ferdinand Lasalle (1825-1865), fundó a escala
nacional la Asociación General de Trabajadores Alemanes,
movimiento laboral, político, radical demócrata, pero no socialista,
e independiente de los partidos burgueses. Se fusionaron el Partido
Socialista y el Partido Social Demócrata de Alemania como
movimientos independientes de la clase obrera y obtuvieron apoyo
masivo bajo el sufragio universal que Bismarck concedió.
Por su parte, el Liberalismo, se hallaba
comprometido con el laissez faire, laissez passer por
lo que algunos radicales demócratas defendieron la reforma social
como opción o prevención frente a la lucha de clase marxista. Los
anarquistas se opusieron al modelo de Marx de un Estado centralizado
dominado por los trabajadores. También en este punto la Historia ya
ha demostrado que nunca el sindicalismo y el sistema de libre
mercado tienen buena convivencia.
Entre 1850 y 1860 dio un viraje la política
mundial pues el paradigma liberal de los estadistas se cambia por
uno democrático.
Los Importantes descubrimientos del siglo XVI y
la revolución industrial de fines del XVII colaboraron a formar un
concepto de "aldea global" y sentaron las bases del desarrollo
económico de las naciones hasta la fecha.
Se puede decir que la división que siguió al
proceso de integración abrió paso a las dos grandes guerras
mundiales del siglo XX y, otra vez, la humanidad, después del
sufrimiento y devastación provocados por ella misma, intentó sanar
sus heridas mediante la creación de organismos internacionales que
nunca han tenido la eficacia deseada. Aún terminado el conflicto
bélico, el planeta siguió dividido en dos fuertes bloques políticos
durante la llamada "guerra fría" que duró hasta la última década del
siglo XX.
Fue hasta la caída del bloque socialista que
cambió totalmente el paradigma pues ahora el mundo tiene, otra vez,
ante sí un único modelo económico y político fuertemente capitalista
(igual que lo tuvo en los años comprendidos entre 1844-1875) que no
esta dispuesto a tomar en cuenta los intereses locales y que exige
grandes sacrificios a las identidades nacionales en aras de una
supuesta incorporación al modelo impuesto. Y aquí convendría
preguntarnos si debiéramos esperar consecuencias parecidas a las que
se dieron entonces.
En el caso de la integración de América hay que
decir que aún cuando los países de México hacia el sur, siempre han
sido concientes de similitudes e intereses en común que derivan de
situaciones históricas similares, nunca ha llegado a realizarse el
sueño Bolivariano como una verdadera hermandad que beneficie a
todos. Lo único que se ha logrado, y tampoco con los resultados
esperados, son alianzas de tipo comercial que reúnen países por
bloques de ubicación geográfica, así surgieron el MERCOSUR, la
Comunidad Andina (CAN), la Comisión Económica para América Latina
(CEPAL), el Sistema Económico Latinoamericano (SELA), la
Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), el Área
Latinoamericana de Integración (ALADI) y muchos otros.
Esas similitudes se rompen al norte de México
pues resulta claro que nunca Estados Unidos, ni Canadá podrán ser
paradigmas de integración para los demás países del Continente,
simplemente porque el idioma, la economía, la historia, la
evolución, en una palabra: la cultura de esos países es diferente.
Pero, sobre todo, porque no hay voluntad para ello de parte de los
dos primeros países que tienen resuelto el crecimiento económico y
que, por lo tanto, no necesitan integrarse con los demás, les es
suficiente con que se abran las fronteras y se les permita explotar
directamente los recursos y esto no es poca cosa ya que el corredor
más importante de biodiversidad y energéticos se encuentra desde
México hasta la Patagonia.
Ya México ha experimentado con la firma del
Tratado de Libre Comercio para América del Norte lo difícil que
resulta obtener una justa distribución de beneficios y obligaciones
cuando se intenta superar las diferencias ancestrales por contrato.
La globalización busca uniformar los gustos, las
costumbres y hasta el idioma, se distribuyen por todo el mundo las
mismas películas, estilos de música y moda y eso termina por
desaparecer identidad nacional. Todo esto provoca que se desvanezca
también el vínculo ideológico y sociológico que da sustento al
concepto de Nación y en consecuencia, queda superado el concepto
tradicional del Estado sufriendo cambios para ajustarse a los nuevos
parámetros de la globalización. Ya no se puede asegurar con firmeza
que el territorio sea un elemento indispensable del Estado pues, al
extenderse las fronteras nacionales con el "brazo largo" del grupo
económicamente dominante, se logra que el régimen jurídico y las
políticas económicas y sociales ya no puedan ser decididas
libremente por los gobiernos locales, sino que tendrán que ser
evaluadas en relación de su compatibilidad con las exigencias del
sistema económico internacional. Pero ya ni siquiera son los
gobiernos extranjeros los que imponen el ritmo de crecimiento, sino
el poder económico de las grandes empresas transnacionales, muchas
de las cuales tienen más peso en la toma de decisiones dentro de la
comunidad internacional que el de muchos Estados soberanos.
Otro concepto que conviene analizar con mucha
calma es la democracia, que se presenta como el paradigma del siglo
presente pero hay que recordar que, en muchos momentos, tanto el
nacionalismo como la democracia han sido considerados como
movimientos de masas que las clases gobernantes han considerado
terriblemente peligrosos pues dan peso a la decisión de un grupo
numeroso informe de seres que no tienen claro un objetivo de país y
en contra de los cuales se han organizado revoluciones y guerras.
Para América sería conveniente seguir muy de
cerca la evolución de la Unión Europea, que parece que en lo
económico funciona, pero que hasta ahora no ha logrado superar los
obstáculos que los interese locales oponen a la instauración de un
supraorden jurídico a través de la adopción de una Constitución
Europea.
Sin embargo, no hay que perder de vista que los
procesos de integración en Europa y en América parten de
circunstancias muy diferentes, pues los países europeos tienen un
modelo propio que seguir para un desarrollo equilibrado, en cambio
América no tiene claro el modelo que servirá de punto de reunión, ni
se ve a corto plazo la posibilidad de operar una amplia área de
libre comercio de manera eficaz.
Un factor muy importante a considerar es la
cercanía con la primer potencia mundial, pues son cada vez más
evidentes las acciones de los Estados Unidos para controlar los
recursos naturales y económicos del planeta, aumentar sus reservas
energéticas y tener una intervención más directa en la política de
todos los países latinoamericanos.
Después de los atentados del 11-S, la seguridad y
la defensa ha quedado convertida en la razón primordial de Estados
Unidos que aumenta su desconfianza en "los otros" y restringe
abiertamente la inmigración, llevando la vigilancia a extremos de
intervención para impedir que se instalen gobiernos con tendencias
hostiles a su política.
El presupuesto de política exterior para
Latinoamérica se reduce continuamente. Aumenta sus campañas de
promoción a gobiernos democráticos de tipo occidental y a las
reformas de libre mercado en Latinoamérica para abrirlo al capital y
a las inversiones directas estadounidenses, por ello el interés en
la firma de más acuerdos bilaterales y regionales de libre comercio.
La política comercial estadounidense va de la
mano con la estrategia militar y la dominación. Nunca se debe
confundir "globalización" con "unificación" o "integración". Son
cosas muy diferentes. El supuesto derribamiento de fronteras tan
pregonado no ha impedido la construcción del "muro de la vergüenza",
ni la negativa para firmar el Protocolo de Kyoto.
El modelo económico neoliberal no puede por su
propia naturaleza satisfacer las necesidades de Latinoamérica pues
no busca proteger a los grupos más vulnerables ni evita la creciente
desigualdad en el mundo o la crisis de relaciones sociales con la
naturaleza. En el libre mercado no tienen cabida los Estados
protectores o proveedores.
Latinoamérica necesita reconocer, apreciar y
reforzar su valía nacional para hacer frente a la transculturización
para conservar lo que se considera valioso y así trascender a la
siguiente generación. Es indispensable que, a pesar de las
transformaciones que el Estado tradicional pueda sufrir en la
globalización, éste conserve la rectoría fuerte que le permita
equilibrar desigualdades y rescatar la individualidad y los valores
nacionales a través del rescate de la política como el arte de
conducir al Estado por el mejor rumbo para el mayor número de
ciudadanos. Es primordial que en la negociación de los acuerdos
bilaterales o multilaterales se salvaguarde la protección a los
recursos naturales propios, a los pequeños empresarios y a los
agricultores locales.
Lo que hará valiosa y posible la unificación
latinoamericana será compartir sus experiencias. Solamente el
conocimiento y defensa de las potencialidades de cada parte harán
que el todo sea sólido.
Latinoamérica debe encontrar un camino propio
basado en la cultura que le es propia y saber que la integración no
debe pretender la igualdad, sino el encuentro de sus diferencias.
Cuando se habla de desarrollo, el tema de la cultura es inevitable
de abordar. Al respecto, dice Samuel Huntington, en su libro El
Choque de Civilizaciones que los conflictos del futuro estarán
más determinados por los factores culturales que por los económicos
o ideológicos.
En un mundo de posguerra fría, la cultura es a la
vez una fuerza divisible y unificadora. Gentes separadas por la
ideología pero unidas por la cultura se juntan, como lo hicieron las
dos Alemanias y como están comenzando a hacer las dos coreas y las
diversas Chinas7.
Vale la pena atender a esta idea pues la
identidad cultural es la que dio lugar a la formación de
Estados-Nación y en nombre de la defensa de la nacionalidad se han
desarrollado sangrientos conflictos bélicos y además, porque, para
saber qué papel jugaremos en la globalización es importante saber
qué entendemos por Estado y por soberanía nacional.
La integración económica no sustituye el papel
que el Estado desempeña para fijar las políticas económicas
nacionales que más convengan a los intereses de sus ciudadanos pues
primero es la integración nacional, luego la regional y se ahí se
deriva la buena convivencia internacional.
En este tema, como en muchos otros, sería ideal
encontrar el justo medio de que hablaba Aristóteles y lograr
reconocer nuestras coincidencias para obtener beneficios comunes,
pero sin perder por ello la identidad que es resultado de la riqueza
ancestral que es propia de cada Nación.
Pues como dicen los franceses: Vive la
différence!