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CAMILO TORRES Y SANTANDER*
ELOGIOS BIOGRÁFICOS
HOMENAJE EN EL PRIMER CENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA
CAMILO TORRES
Camilo Torres es, entre el grupo de hombres civiles, la figura más
culminante de la Independencia. Su talento político predijo la
emancipación, en el célebre Memorial de agravios, cuando apenas se
pensaba en jurar fidelidad á Fernando VII y á las Juntas de Sevilla y de
Cádiz; sus escritos impusieron á los peninsulares, y su voz inflamó los
corazones, despertó el espíritu público y desató, como una opuesta
corriente eléctrica, los rayos mal contenidos de la tormenta
revolucionaria. Su genio organizador creó la estructura política de la
naciente nacionalidad. Fue al mismo tiempo el Mirabeau y el Sieyes de la
Revolución de 1810; pero sin la venalidad del uno ni las debilidades del
otro.
Su figura política se destaca en la historia
de aquella época con la solemnidad de una nación que nace, y su voz no fue
la de un hombre, fue la de un pueblo entero que pedía libertad á la
Humanidad y á Dios.
Cuando queremos
descubrir los perfiles de esta gloriosa figura en los anales de la
Independencia, parécenos escuchar su voz en la Junta del 9 de Septiembre
de 1809 ó en el Cabildo abierto de la noche del VEINTE DE JULIO DE 1810.
Su nombre está ligado íntimamente con el de la
Patria. Las vibraciones de su palabra pueden contarse á la par de las
palpitaciones de nuestro pueblo en su primera lucha por la Independencia.
I
Popayán, la ciudad ilustre, fundada por Sebastián de Belalcázar, uno de
los más conspicuos conquistadores españoles, capital de la célebre
provincia de su nombre, situada en los límites del valle del Cauca con los
ramales de la cordillera central, dotada de un clima delicioso, "inventado
por los poetas", según la expresión de Caldas, centro de la más rica
región en minerales y en producciones agrícolas del Nuevo Reino de
Granada, fue elegida para lugar de su residencia por varias distinguidas
familias de peninsulares que vinieron á establecerse en las colonias.
Contóse entre éstas la de Torres que, aunque escasa de bienes de fortuna,
conservó siempre las virtudes primitivas y las honrosas tradiciones de sus
antepasados. Fue por esto por lo que á Popayán, la ciudad que vio nacer al
primer sabio americano, y á Pombo, Ulloa, Quijano y Laureano López, que
fue cuna del primer presidente granadino de la Gran Colombia y de cuatro
presidentes de la Nueva Granada y de la moderna Colombia, la ciudad
martirizada por los pacificadores, santificada por el Arzobispo Mosquera y
por el Obispo Torres y cantada por Arboleda, le cupo también la gloria de
ser la patria de Camilo Torres.
Emparentado por nacimiento, por patriotismo,
por glorias y martirio con Caldas, sus dos hijos ilustres forman hoy para
la noble ciudad los más puros blasones, de tal manera que siempre repite
con justo orgullo: soy la patria de Torres y de Caldas.
Recibió Torres su primera educación en el
Colegio de Popayán, que más tarde vino á ser la célebre Universidad del
Tercer Distrito. En esos mismo claustros adquirieron sus primeros
conocimientos Caldas, Ulloa y D. Joaquín Mosquera. Cursó las humanidades y
la Filosofia. En el estudio de ésta tuvo por profesor al doctor Félix
Restrepo y recibió lecciones de griego, á cuyo estudio tuvo siempre
particular afición, del doctor Grijalva, notable sabio de la Universidad
de Lima.
Los españoles, en su sistema de administración
colonial, no dejaron abiertas otras carreras á los americanos para
conseguir honor ó fortuna, que la de la Iglesia y la del Foro; todos los
otros estudios que pudieran despertar la imaginación de los criollos y
trastornar el plan de sujeción de los colonos, estaban casi vedados para
éstos. Los políticos, los sabios propiamente dichos y los guerreros
siempre venían de la Península. Así contribuían á conservar el prestigio y
la preponderancia de la madre patria.
Torres quiso seguir y coronar una carrera que le proporcionase los medios
de subsistir y le diese un nombre. Era hombre de letras y quiso ser hombre
de leyes. Los títulos profesionales solamente se conferían entonces en la
Universidad y en los Colegios de la capital del Virreinato. Concluídos sus
estudios en Popayán, vino á Bogotá á seguir la carrera de jurisconsulto y
abogado.
Estudió los cánones, el derecho español, y la
legislación civil romana. Alcanzó el grado de doctor en Jurisprudencia, y
practicó las leyes durante cuatro años para recibir la toga de abogado. En
el transcurso de este tiempo, consagróse de tal manera al estudio, sin
dejarse arrastrar ni un solo día por los placeres y pasatiempos que la
capital brinda á los provinciales, que no solamente presentó los más
brillantes exámenes ante los tribunales, sino que se creó un notable
nombre entre los abogados y pudo atender con el fruto de su trabajo á sus
gastos personales y á los de su virtuosa madre, residente á la sazón en
Popayán. Sin abandonar el ejercicio de su profesión sirvió por mucho años
la cátedra de derecho civil, obtuvo del Gobierno comisiones honrosas y fue
aseSor del cabildo de Santafé.
Los Virreyes y los Oidores le hicieron
señaladas distinciones, admiraron su talento, su elocuencia, la pureza de
sus costumbres, sus variados conocimientos y la entereza y dignidad de su
carácter.
D. José María Salazar, uno de los más ilustres
contemporáneos de Torres, al juzgarle como abogado, se expreso así:
"Si me atrevo á decir que el señor Torres era
el primer jurisconsulto de la Nueva Granada, sin temor de ofender á muchos
otros dignos émulos de su mérito, doy mi opinión particular unida al voto
de la multitud de inteligentes; y creo que si hubiera vivido en una
capital de Europa, teniendo un teatro en qué ejercitarse, más
proporcionado á sus talentos, ciertamente hubiera brillado al lado de
d'Aguesseau y de Linguet; ojalá que algún amante de la elocuencia para
comprobar este juicio, haya conservado sus alegatos, que honraban al
foro".
La historia y la
jurisprudencia de Roma fueron siempre su estudio favorito y las
Oraciones de Cicerón su lectura predilecta. ¿No puede suponerse que en
esas fuente bebió su espíritu, ese abnegado patriotismo que lo llevó al
cadalso, y su palabra adquirió esa elocuencia que causó la admiración de
sus contemporáneos? Los patricios romanos, de los mejores tiempos de la
República, le sirvieron inconscientemente de modelos para delinear los
perfiles de su sér moral. Su republicanismo, su amor patrio, la
inflexibilidad de carácter, que tal vez llevó á la exageración, la
austeridad de costumbres, que le mereció en su tiempo el apodo de Catón,
nacieron y germinaron sin duda en su alma con la lectura de la historia
romana.
Hay en los espíritus privilegiados cierta
simpatía y tendencia natural á asimilarse á otros hombres dotados de
análogas y sobresalientes condiciones que le sirven siempre como de
modelos y estímulos para sus hechos y sentimientos. Desde que Napoleón
hacía sus primeros estudios en Brienne, su lectura favorita era la
historia de Aníbal, y este guerrero joven, intrépido, fogoso, ambicioso é
irresistible era el tipo histórico de su predilección, y en sus campañas
de Italia, la sombra y el recuerdo del General cartaginés le alentaban
para vencer los obstáculos y atravesar los Alpes. De la misma manera,
Cicerón deslumbraba y entusiasmaba á Torres con el poder de su palabra, la
abnegación en el servicio de su patria y su incorruptible probidad
republicana. Sí, no hay duda: estos estudios favoritos, que menciona el
señor Salazar en su biografia, contribuyeron á formar los talentos y el
carácter de Torres, y si él tuvo mucho de la entereza y severidad de
Catón, como entonces le llamaban, no escaseó su palabra de la elocuencia
de Cicerón.
y no se diga que estas comparaciones son
exageradas y obra de la fantasía y del entusiasmo. ¿Por qué no conceder á
nuestros grandes hombres las condiciones privilegiadas que han tenido los
hombres de otras naciones? ¿No han sido formados unos y otros con el mismo
barro humano y no es el mismo divino soplo el que los ha animado? ¿Acaso
Curcio, precipitándose al abismo que consternaba á Roma, para salvar á su
patria, es más grande que Ricaurte en San Mateo?
II
Torres apareció por primera vez en la vida pública que debía coronar con
la horca y el escarnio, el 9 de septiembre de 1809. La revolución de Quito
alarmó al Virrey Amar, y temeroso de que el incendio se propagase á Nueva
Granada y fuera general en los dominios españoles, convocó una Junta de
Tribunales, corporaciones, oficiales y notables.
Concedida la solemne promesa de que cada cual
podría expresar libremente su pensamiento, se pasó a deliberar. A pocos
instantes los dos partidos que más tarde debían luchar á muerte, habían
nacido y estaban formados. Los españoles opinaron por la destrucción y
castigo de la Junta de Quito; los americanos por el reconocimiento de ella
y el establecimiento en Santafé de una semejante, compuesta de diputados
elegidos libremente por las provincias, para desconocer la abdicación de
Carlos IV, la usurpación de Napoleón y proveer á la salvación de la
colonia. Por primera vez un americano hablaba un lenguaje emanado de
derecho propio. Eran las primeras palabras que balbuceaba la Patria
naciente pidiendo, aunque ininteligiblemente, el reconocimiento de sus
fueros naturales; eran los albores de la Independencia; era la sesión del
Juego de pelota de la revolución. Quien más se distinguió en
aquella ocasión, dicen los historiadores, por su energía y su elocuencia,
fue el doctor D. Camilo Torres.
Nada se resolvió en esta Junta: pero la
palabra de Torres, de los Gutiérrez y de Acevedo Gómez tuvo eco en todas
las provincias. Los granadinos comprendieron que la organización de estas
Juntas, que consagraba hasta cierto punto el ejercicio del derecho de
propia nacionalidad, era el primer paso en el camino de la independencia,
y aplaudieron y siguieron la voz de sus tribunos.
En toda la colonia hubo manifestaciones en
favor del establecimiento de Juntas semejantes á las de Sevilla.
"En el cabildo de Santafé, dice Restrepo, se
discutió este negocio, así como el de la elección de diputados para la
central, y aun se extendió una acta reclamando contra la insignificante
representación que se daba al Nuevo Reino. El doctor D. Camilo Torres fue
encargado por el ayuntamiento de Santafé para redactar la representación
que debía dirigirse á la Junta central sobre un punto de tamaña
importancia. Redactóla en efecto demostrando la injusticia del
procedimiento, y lo hizo de un modo tan claro, con una elocuencia tan
varonil, y desenvolviendo principios tan luminosos, que formóla opinión
pública contra las injusticias de la madre patria y de sus mandatarios en
América".
Este documento, llamado el Memorial de
agravios, es el escrito más brillante, es la producción más elocuente
y notable que registran nuestros anales políticos y literarios.
"El cabildo, continúa Restrepo, no se atrevió
á enviar á España esta representación, que fue desechada también por los
miembros españoles europeos que en él había; pero circuló manuscrita en
secreto, y fue leída con mucha avidez por todos los amigos de las bellas
producciones y de las ideas liberales. Así, esta representación tuvo un
influjo poderoso para desarrollar en la Nueva Granada los gérmenes de la
Revolución."
Hablando un historiador del grande orador de
la Revolución francesa, dice: "Mirabeau, con su sola palabra desquició el
trono y sus discursos hicieron más estragos en la monarquía que los
millones de picas y puñales de los revolucionarios. ¡Tal es el poder de la
palabra!"
La elocuencia de D. Camilo Torres fue tan
eficaz para la Independencia como su sangre y la de los otros mártires de
esa epopeya.
En ese célebre Memorial de agravios,
que por su objeto, exposición y elocuencia, nos recuerda la brillante
defensa que Tertuliano hizo de los cristianos contra las acusaciones de
los gentiles, durante el imperio de Severo, brilla no sólo la elocuencia
del escritor, el vigor del patriota, sino la previsión del político.
Leamos su final:
"Igualdad, santo derecho de la igualdad;
justicia que estribas en esto y en dar á cada uno lo que es suyo, inspíra
á la España europea estos sentimientos de la España americana. Estrécha
los vínculos de esta unión; que ella sea eternamente duradera, y que
nuestros hijos, dándose recíprocamente las manos de uno á otro continente,
bendigan la época feliz que les trajo tánto bién. ¡Oh, quiéra el Cielo,
que otros principios y otras ideas menos liberales no produzcan los
funestos efectos de una Separación eterna¡"
¡Qué lenguaje y qué predicción!
III
El calor político subía de punto en la Colonia. La imagen de la Patria
independiente, aunque con contornos vagos é informes todavía, aparecía en
la imaginación de los granadinos é inflamaba sus corazones. Los sucesos de
Cartagena á la llegada de los Comisarios regios, la revolución de abril en
Venezuela y los disturbios del Socorro, aumentaron la efervescencia
general. En la capital se esperaba la llegada del comisario Villavicencio
para dar el grito revolucionario; pero la disputa con el español Llorente
aceleró los acontecimientos, y amotinado el pueblo en la plaza mayor el 20
de Julio de 1810 pidió al Virrey un cabildo abierto. Concedió el Virrey un
cabildo extraordinario, y en la borrascosa noche del 20 al 21 de Julio, la
Revolución abrió las puertas á nuestra independencia.
La organización de comisiones, la proclamación
del Tribuno del pueblo, el establecimiento de la Junta suprema, la
creación, en fin, de la Patria, fue obra casi exclusiva de hombres
civiles, y especialmente de oradores. "Distinguiéronse en aquella noche,
dice un historiador, los Gutiérrez, D. Miguel Pombo, D. Ignacio Rerrera,
D. Joaquín Camacho y otros, y, sobre todos, D. Camilo Torres."
Caldas, el eminente Caldas, refiriéndose á
Camilo Torres en aquella noche, dice en el Diario Político,
periódico que redactó en 1810 en compañía de D. Joaquín Camacho: "No
oyeron el Areópago de Atenas ni el Senado de Roma una voz más elocuente
que la de Camilo Torres en el cabildo abierto de la noche del 20 de
Julio." ¿Puede haber mejor lauro para el orador que este elogio del sabio?
¡Caldas ensalzando á Torres! ¡La ciencia coronando la elocuencia!
¡Arquímedes haciendo la apología de Demóstenes!
En aquella noche memorable no pudo el Virrey
Amar resistir al empuje de la opinión popular inflamada por la palabra de
Torres y de sus compañeros, y convino al fin en el establecimiento de la
Junta Suprema del Reino, con exclusión de los españoles europeos y de dos
criollos que se consideraron intrusos, pues habían sido nombrados por el
Virrey para neutralizar el partido patriota.
Camilo Torres, apercibido del camino de
concesiones y de debilidades en que entraba el Virrey, propuso, como un
hábil paso político, que se nombrara á Amar Presidente de la Junta.
Comprendía, en su previsión, que de esta manera arrastraba á la revolución
al Jefe del Estado, le quitaba todo prestigio en el país, aniquilaba su
poder en la colonia y le comprometía ante el gobierno de la Metrópoli. Eso
era llevar la tea revolucionaria al palacio mismo del Virrey. El hombre
que, en su Memorial de Agravios, había predicho á España la
separación eterna, quería asegurar el éxito de la independencia,
allegando á la revolución todas las fuerzas que pudieran conducirla al
triunfo. Desarrollada la proposición en uno de sus más vehementes
discursos, y apoyada por D. José Acevedo y D. Frutos Gutiérrez, el pueblo
la aceptó. Nombróse Presidente á Amar y Vicepresidente á Pey. Se extendió
el acta y quedó instalada la Junta á las tres y media de la mañana.
Así terminó la noche del 20 al 21 de julio,
que marca la primera etapa de la lucha de nuestra Independencia y con ella
terminamos la primera parte de nuestro estudio histórico sobre Camilo
Torres. Hasta aquí solamente hemos contemplado la figura del patricio y
del revolucionario: en nuestra segunda parte trataremos de delinear los
perfiles del repúblico, del magistrado y del mártir.
IV
Caldas, Torres, los Gutiérrez, Acevedo, Pombo, Camacho y otros notables
patriotas, reuníanse por la noche en los días que precedieron al 20 de
Julio, en el Observatorio astronómico y en la casa de Torres, vecino á
aquel edificio, ó sea la misma que ocupa hoy su familia. Allí departían en
el sigilo de íntimas conferencias sobre la política de España y sobre la
suerte de su patria. La fogosidad de sus corazones de patriotas se
revelaba á la par del ardor de sus pensamientos, de lo atrevido de sus
planes y de la elocuencia de sus palabras. En esas conversaciones se
trataba de una lucha á muerte, y de la suerte de un pueblo y tal vez de un
continente. El Observatorio astronómico, residencia oficial y ordinaria de
Caldas, recibió las huellas de la ciencia del Sabio y recogió las
palpitaciones del corazón del Patriota, y es posible que cuando su
espíritu se remontaba al firmamento y con su telescopio escudriñaba los
astros, su alma republicana le hiciera ver en el cielo de las naciones la
constelación de la Patria.
Juntos una noche en casa de Torres, se trató
del plan revolucionario preparado para el día de la llegada del comisario
regio Villavicencio. Hízose la exposición de los preparativos y de los
medios con que contaban para llevar á cabo la revolución. Y bien, dijo D.
Camilo Torres, todo está preparado, todo está listo; pero para asegurar el
éxito, es necesario que la chispa incendiaria para del vivac enemigo, ¿y
quién le pone el cascabel al gato?
Yo, contestó Francisco Morales, acentuando su
afirmación con una palabra y un gesto enérgicos.
Tenía el pensamiento que realizó, á saber:
provocar el carácter irascible de D. José Llorente, quien era el español
más pudiente y arrogante del comercio de Bogotá. Así se efectuó el 20 de
Julio, y el florero que Morales pidió a Llorente en aquel día vino á ser
el gorro de Gesler de nuestra revolución.
Se ha dicho por algunos que el movimiento del
20 de Julio no fue un paso decidido á la Independencia, sino simplemente
una imitación del de la Junta de Cádiz, queriendo aminorar así la gloria
de esa jornada, declarada oficialmente que es el día clásico de nuestra
Patria. Es verdad que en el acta de ese día se acordó jurar fidelidad á
Fernando VII, pero también se dispuso que se depositara en la Junta el
gobierno supremo del Reino, y que se invitara á las provincias á que
eligieran sus diputados para expedir una constitución definitiva. No puede
suponerse que en hombres como Camilo Torres, que un año antes habían
predicho á España separación eterna, que un mes después del 20 de Julio
expulsaban al Virrey, que tres años más tarde declaraban á la Metrópoli la
independencia absoluta, y que vertieron su sangre en un cadalso, no se
abrigase desde el primer día el pensamiento de constituir á su patria en
nación libre y soberana.
Pero era preciso proceder con el tino y
circunspección que emplearon esos insignes patricios en los primeros días
de la revolución. Causar un transtorno tan grande y trascendental;
despertar á la vida de pueblo libre á dos millones de sencillos moradores,
sumidos en un sueño de trescientos años bajo un gobierno fuerte y bien
organizado; improvisar generales, políticos, estadistas, armas y ejército
de una colonia española, y derrocar un gobierno de sólida estructura,
consolidado por el largo tiempo de su posesión pacífica y el prestigio de
sus glorias, hacer una patria, en fin, y ceñirle la corona de
independiente y soberana, no es obra de un día ni de un año, ni el
esfuerzo de un grupo aislado de hombres por grandes que sean.
El 20 de Julio, cuya principal gloria refleja
sobre Camilo Torres, es y será nuestro día clásico. Fue el primer acto de
presencia de nuestra patria, como pueblo independiente ante las demás
naciones; fue la primera manifestación del país en ejercicio de sus
derechos de pueblo soberano; fue, en fin, la acción de nuestra patria, al
rasgar la librea de esclava para estar en aptitud de ceñirse,
gradualmente, y aunque tintas en sangre, las galas de nación libre.
En todos los países del mundo, el primer paso
en el camino de una revolución benéfica y santa, ha sido considerado como
el más glorioso, y el hombre que lo dio como el más grande sus héroes.
El aldeano Tell no hizo otra cosa que dejar de descubrirse ante el gorro
de Gesler, siguiendo los impulsos de su dignidad herida, y este hecho, que
no merecía otra cosa que una corrección de policía, produjo la libertad de
un pueblo y la apoteosis de un libertador.
Sin la indignación de Bruto por los abusos de
Tarquino, la república no se habría establecido en Roma, y los discursos
liberales de Mirabeau en la Asamblea de 1789, cuando aún la monarquía
estaba en todo su vigor y nadie pensaba otra cosa que no fueran reformas
administrativas, fue el ariete que volcó un trono y llevó al cadalso á un
rey.
Descubrámonos, pues, ante la Sombra de
nuestros gloriosos padres y bendigamos la memoria de Camilo Torres.
V
Cuando al comenzar este artículo hemos dicho
que Torres es la primera figura civil de la Independencia, no hemos
aventurado un juicio propio. Así lo juzgan estadistas eminentes y lo
comprueba la historia.
Salazar lo llama el primer jurisconsulto de su
época, digno de figurar al lado de d' Aguesseau. Como orador lo juzga
Caldas, el sabio-poeta, á la altura de los oradores del Areópago de Atenas
y del Senado de Roma. Para juzgarle como escritor basta leer su célebre
Memorial de Agravios, modelo de elocuencia y de bien decir. Como
patriota, la ofrenda de su vida es el mejor testimonio de su patriotismo.
Poseyó la más escogida biblioteca de su tiempo, y nadie alcanzó en su
época, excepción hecha de Caldas, la generalidad de conocimientos que su
inquebrantable consagración al estudio le proporcionó. Fue el primero en
predecir la Independencia, y, por su lado, lo declaró en Tunja cuando á su
vez Nariño lo había hecho en Bogotá. Cuando se pensó en enviar un
representante de la colonia á las Cortes españolas, la opinión pública le
designó para este cargo.
Catón le llamaron por la austeridad de sus
costumbres. Sus conciudadanos le llevaron á la primera magistratura cuando
se unieron las Provincias granadinas, y hasta sus enemigos le hicieron una
distinción especial cuando le condenaron á muerte.
Primero en patriotismo, primero en el foro,
primero en la sociedad, primero en el parlamento, primero en las letras,
primero en los honores de patria, primero en la magistratura, fue también
de los primeros en el cadalso.
La generalidad de nuestros próceres fueron
fusilados por la espalda y sepultados sus cadáveres. Excepcionalmente D.
Camilo Torres fue fusilado por la espalda y ahorcado después de muerto.
Cortada su cabeza, fue encerrada en una jaula de hierro y colocada en la
alameda pública. Sus miembros se mandaron dispersar para escarmiento en
los caminos.
Esta circunstancia excepcional en la muerte de
Torres; esta adición de la horca al fusilamiento; esta preeminencia en el
suplicio; esta distinción en el martirio; este puesto de honor en el
cadalso, es la mejor apoteosis de Camilo Torres.
SANTANDER
Corría el año de 1816. La Patria naciente acababa de ser ahogada en la
cuna por las huestes de Morillo. García Rovira y Liborio Mejía
estrellaron, para inmolarse, los restos del ejército libertador en la
Cuchilla del Tambo, como los últimos romanos en Filipos, para no
presenciar la agonía de la República.
Reinaba el terror en la incipiente Nación.
Bajo la cuchilla del pacificador caían las
cabezas de los sabios, de los jurisconsultos, de los filósofos, de los
estadistas y de los militares, de los más nobles y abnegados, de los más
ilustres fundadores de la nacionalidad.
La terrible reacción estaba consumada. Una paz sepulcral imperaba.
No había más señales de vida y movimiento que
en el cadalso, y la bandera colonial, teñida en sangre, flameaba en toda
la extensión del territorio granadino.
Fue entonces cuando un puñado de patriotas que
habían escapado del hierro exterminador de los pacificadores, se juntaron,
como los fugitivos de un cataclismo sísmico, en las soledades de Casanare.
Ese grupo reducido de héroes, los únicos,
absolutamente los únicos sobrevivientes de la catástrofe, entre los cuales
se hallaban Serrano y Valdés, Urdaneta y Serviez, resolvió elegir un jefe
que los comandara y condujera, si no á la victoria por la inmensa
desigualdad de la lucha, sí á la inmolación sobre la tumba de la Patria
muerta.
El jefe elegido por ese puñado de
conspiradores sublimes, entre esas catacumbas republicanas de Casanare,
fue el más joven de entre ellos, fue un guerrero de veintitrés años que ya
se había distinguido, casi adolescente, en su región natal, en 1814 y en
1815: fue el Coronel Francisco de P. Santander.
De esa época data la rápida y brillante
carrera de Santander. Internados en Venezuela, juntáronse después de
grandes dificultades con el General Bolívar, que había arribado á Guayana
con la segunda expedición libertadora. Voló Santander á Casanare, y su
actividad y su genio organizador restablecieron la moral y la disciplina
en las guerrillas de los patriotas de aquellas regiones, que se hallaban
despedazados por rivalidades y discordias intestinas. Con estos elementos
discordes formó un ejército regular de cerca de 2.000 hombres. Fue ésta la
época más gloriosa de la historia militar de Santander. Con marchas y
contramarchas heroicas y sabiamente dirigidas, durante seis meses, en la
llanura y en la cordillera, debilitó y aniquiló la expedición pacificadora
de Barreiro.
Cuando Bolívar concibió el más atrevido plan
de campaña que jamás ejecutara militar alguno, y que consistía en burlas
la perspicacia y vigilancia de Morillo y venir desde los llanos ardientes
de Venezuela hasta las cimas heladas de la Cordillera Oriental, con un
ejército desnudo y sin víveres, en la estación lluviosa, arrastrando armas
y municiones por entre lagos y atravesando caños y ríos salidos de madre,
para sorprender á los realistas de Nueva Granada, á Santander, Comandante
de la vanguardia libertadora, le cupo la parte más difícil y heróica de
esa inmortal campaña. La primera batalla fue una primera victoria
alcanzada por Santander al vencer á los enemigos en la fuerte posición de
Paya. Imperturbables, los héroes continuaron su atrevida marcha, á pesar
de que se redoblaban los rigores de la estación; de que más de cien
llaneros perecieron por la intensidad del frío en el Páramo de Pisba; de
que muchos otros cayeron extenuados de fatiga; de que se agotaron los
víveres y tuvieron que alimentarse con la carne de los caballos que
acarreaban las municiones, las cuales fue preciso transportar á espaldas
de los infantes; de que los vestidos, convertidos en jirones, no les
ofrecían ningún abrigo en una región que tocaba el límite de las nieves
perpetuas. Después, por certeros y estratégicos movimientos, haciendo
infructuosa la pericia de Barreiro, interponiéndose entre él y la capital
para que no pudiera recibir recursos, llegaron al Puente de Boyacá. Allí
se libró la batalla más gloriosa y trascendental que registran nuestros
anales militares.
Con esa victoria, alcanzada por dos mil
héroes, aniquilados por la fatiga de la campaña, sobre uno de los mejores
ejércitos de España, formado en gran parte por soldados vencedores de las
tropas imperiales de Napoleón I, fue libertada toda la inmensa extensión
del territorio que constituía el Virreinato de la Nueva Granada, en el
cual flameaba sin oposición alguna, el día anterior, el pabellón español.
La vanguardia, comandada por el General Santander, fue la primera que
ocupó el Puente, la que más rudo combate sostuvo con la vanguardia
enemiga, y fue la que opuso mayor resistencia. Como si no fuera suficiente
tánta labor y tánta gloria, encargóse Santander de la persecución del
enemigo, al cual acosó hasta Ventaquemada. El Jefe -dice un historiador-
que más se distinguió en esta inmortal jornada por su acierto y firmeza,
por su actividad y valor, fue el General Santander.
Coronada la gigantesca empresa de los
libertadores con los triunfos en Venezuela, reunió Bolívar el Congreso de
Angostura para constituir la nacionalidad naciente. Ese Cuerpo memorable,
que dio existencia oficial á la Gran República, eligió sin oposición
alguna Vicepresidente de la Nueva Granada, ó sea Presidente del
Departamento del Centro, al General Santander, cuando apenas acababa de
cumplir veintiséis años.
El Congreso reunido en Cúcuta para confirmar
el bautismo de la República de Angostura exaltó al General Santander del
puesto de Vicepresidente de Nueva Granada al de Vicepresidente de la
Nación Unida ó sea de la Gran Colombia. En esa época el General Santander
no contaba con la edad que requieren las Constituciones más avanzadas para
ocupar un puesto en un Senado ó en una Corte de Justicia. En 1826 fue
elegido Vicepresidente de Colombia.
La historia de sus Administraciones como
Vicepresidente en ejercicio durante tres períodos es la verdadera historia
de Santander y casi toda la historia política y administrativa de la
primera Colombia, de la cual no podemos ni aun señalar el glorioso índice
en los estrechos límites de este escrito. Baste á nuestro objeto decir que
en el período de 1819 á 1821, como Vicepresidente de la Nueva Granada, y
en 1821 á 1826 como Vicepresidente de Colombia, el joven Magistrado,
transformado de hombre de la guerra en el Hombre de las Leyes,
desplegó una actividad inaudita y reveló talentos tan múltiples y al
parecer opuestos, que asombraban por la eficacia é intensidad de sus
labores al historiador y al patriota. Al mismo tiempo que organizaba la
nueva República y creaba los diversos Departamentos administrativos,
enviaba soldados, municiones y recursos de toda especie al Ejército
libertador que combatía en la patria de Bolívar bajo la dirección del más
ilustre de sus hijos, y á los colombianos que luchaban en la tierra del
Sol para que irradiara el de la libertad en América.
Doble es la gloria de Santander como dobles
fueron su talento y su labor. Hase llamado á Carnot el organizador de la
victoria, porque desde su Gabinete como Ministro de la Guerra sostenía los
ejércitos franceses que luchaban contra la Europa coligada. A Santander
puede la historia llamarle con toda propiedad el Organizador de la paz y
la victoria, porque al mismo tiempo que con los recursos que enviaba á los
campamentos aseguraba el éxito de las batallas, y con sus sabias medidas
administrativas creaba y avigoraba la libertad civil.
Santander es la segunda figura de la epopeya
guerrera de la Independencia, pero es la primera en la historia política y
en la formación del Estado. Si Bolívar fue el fundador de la Patria,
Santander fue el fundador de la República.
No todas las espadas son de acero. Hay también
espadas de luz, como la del Guardián del Paraíso. La de Santander fue al
mismo tiempo de acero y de luz. Con la una exterminó á los opresores, y
con la otra estableció los derechos de los libertados y consagró el
imperio de la ley. |