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DISCURSO DE
POSESIÓN
Del Dr.
Rafael Uribe Uribe en la sesión solemne celebrada por la Academia Nacional
de Jurisprudencia, en el «Foyer» del teatro Colón, el domingo 12 de
febrero de 1911, al tomar posesión del cargo de presidente de la
corporación.
Presento a
la Academia el testimonió de mi más profundo y sincero reconocimiento por
el alto honor que espontáneamente se ha servido discemirme, al llamarme al
puesto de su Presidencia, sin mérito alguno de mi parte.
Abogado con
título del Rosario cuando los profesores de ese glorioso Instituto se
llamaban Manuel Ancízar, Santiago Pérez, Francisco E. Alvarez, Salvador
Camacho Roldán, Januario Salgar y Gil Colunje, la agitada vida que me ha
tocado llevar en los treinta años corridos desde que recibí mi grado, me
ha mantenido alejado del Foro.
De parte de
jurisconsultos distinguidos por su autoridad científica, por la integridad
de su carácter y por la conciencia pública de su deber, como son los que
forman esta respetable Corporación, ha sido, pues, un acto de deferencia
casi inexplicable la designación recaída en quien hace tiempo no ejerce la
profesión ni tiene trato frecuente con los Códigos.
Asumo mis
funciones en el sentido de ser un servidor adicto de la Academia;
procuraré desempeñadas con celo y haré todo lo posible para que mi período
sea, como los anteriores, de trabajo asiduo, para lo cual cuento desde
luego con la cooperación de todos mis honorables colegas.
Asistí hace
poco a la controversia sostenida sobre un importante punto legal por los
Drs. Uribe Holguín, Gamboa y Rodríguez Piñeres; pude admirar la
profundidad de conocimientos exhibidos por los contrincantes, así como su
exquisita cultura; y pensé que si cualquier jurisconsulto europeo, por
eminente que fuera, hubiese asistido al debate, no habría podido menos de
observar que el cultivo de la ciencia del Derecho nada dejaba que desear
entre nosotros, y que su florecimiento la tiene a la altura de los más
ilustres centros del Viejo y del Nuevo Mundo. Esto mismo se demuestra por
los trabajos que inserta la Revista de la Sociedad y por los que con
frecuencia publican sus miembros.
Desearía que
insistiese en ese género de discusiones morales, sin perjuicio de
consignar por escrito las razones de los antagonistas. Agotada una
materia, la Academia misma señalaría nuevos temas de examen.
Desde ahora
me tomo la libertad de insinuar dos: la mejora del sistema electoral y la
reforma de los Reglamentos del Congreso, acerca de lo cual apuntaré unas
pocas razones.
Un amigo
proponía a García Moreno, en su juventud, que escribiesen la Historia del
Ecuador. «Hagámosla más bien», contestó el impetuoso caudillo. Magnífico
que la Academia se ocupe en estudiar e interpretar la ley vigente, pero
quizá antes debería preocuparse de hacer lo que estuviera a su alcance
para que la ley existiese o fuese mejor, tocando en activa su misión hasta
ahora poco menos que pasiva.
Ahora bien:
esto depende del personal y de los métodos. De un personal parlamentario
mal escogido y de métodos de discusión imperfectos, sólo por excepción
puede esperarse que salgan buenas leyes, y vosotros sabéis cuan raras son,
por desgracia, esas excepciones.
Cuanto al
sistema electoral, tenemos adelantado un paso con la representación de las
minorías por el voto incompleto, aunque verdaderamente es de lo más
incompleto que hay; ensayado hace más de medio siglo en otros países ha
sido hace tiempo abandonado, para reemplazarlo por mecanismos más seguros
y equitativos, que facilitan no ya solamente la representación de la
minoría sino algo mejor: la representación proporcional de los partidos.
Si por ejemplo, se adoptase el método del cociente electoral, que permite
computar varias listas, no se repetiría el caso de las últimas elecciones,
en que los votos de una tercera agrupación no pudieron entrar en el
escrutinio, porque el régimen vigente presupone únicamente dos partidos y
dos listas.
Tal vez
convendría que la Academia preparase un Proyecto de ley electoral que
consulte mejor la justicia política y a la vez garantice para los futuros
Congresos un personal selecto y competente como el de los primeros tiempos
de la República.
Respecto a
nuestra táctica parlamentaria, una larga experiencia tiene demostrado que
es en extremo defectuosa. Su menor mal es su falta de eficiencia, esto es,
su escaso rendimiento de trabajo en relación con el tiempo y el dinero
invertidos; lo peor es el creciente desorden en la legislación, que ya se
va convirtiendo en carga de camellos, como se dijo de la romana antes de
Justiniano, y el hecho de quedarse indefinidamente sin satisfacer grandes
necesidades nacionales, lo que redunda en descrédito del parlamentarismo
y, por contragolpe, en abono de las dictaduras.
Luego hay
que modificar sustancialmente los anticuados Reglamentos de las Cámaras,
no sólo en el punto de vista de la economía en el costo del Poder
Legislativo, sino más aún para asegurar en lo posible la buena calidad de
ese artículo que el taller del Congreso está encargado de fabricar: la
ley.
Suponiendo
que la Academia quiera entrar por este orden de ideas, tengo el honor de
someterle la siguiente proposición:
«La Academia
de Jurisprudencia resuelve ocuparse en preparar un Proyecto de ley de
elecciones y otro de reforma de los Reglamentos de las Cámaras.
«Al efecto,
elegirá en su sesión ordinaria próxima dos comisiones que se encarguen de
estudiar ambas materias y de presentar bases para la discusión de ellas».
(Es aprobada
por unanimidad). |