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EL CRÉDITO
PERSONAL Y LA DEMOCRATIZACIÓN DEL CAPITAL
Conferencia dictada por el
doctor Simón Araújo en el Salón de Grados el lunes 5 de octubre a petición
del Ministerio de Instrucción Pública y por designación de la Academia
Colombiana de Jurisprudencia, con asistencia de muy selecta y nutrida
concurrencia.
Señor Ministro de Instrucción
Pública, señor Presidente de la Academia de Jurisprudencia, señoras,
señores:
UNA PLAUSIBLE INICIATIVA
El señor Ministro de
Instrucción y Salubridad Públicas se dirigió a la Academia Colombiana de
Jurisprudencia para que tomara parte en unas conferencias que ha
organizado; y el señor Presidente de la docta corporación ha dispensado al
último de los miembros de ésta, el honor de nombrarlo para dictar la
primera de ellas. Naturalmente desconfiando de mis aptitudes para
desempeñar siquiera con mediano lucimiento la, para mi, abrumadora
comisión, pero lleno de buena voluntad para colaborar en la civilizadora
actuación iniciada por el ilustrado Ministro de Instrucción Pública, y de
deferente aprecio por el señor Presidente de la Academia mi distinguido
amigo señor doctor Diego Mendoza Pérez, no declinó el honor que se me
brinda, confiado en la benevolencia del ilustrado y generoso público que
tendrá la culta resignación de escucharme.
La educación del hombre,
comprendido en esta palabra de significación compleja, el conjunto de
conocimientos de orden moral que debe poseer para iniciar, cultivar y
conservar relaciones de armonía y respeto en la vida social con los demás
individuos de su especie, y aun consigo mismo, y el conjunto de elementos
científicos más o menos numerosos que han de servirle para conquistar con
el menor esfuerzo posible los elementos necesarios para su subsistencia,
para realizar las legítimas aspiraciones de ascender en la consideración y
estima de sus semejantes, para defenderse de las agresiones del tiempo y
de la naturaleza, para satisfacer los naturales anhelos de escudriñar los
fundamentos de su origen y su fin, la educación, así interpretada, digo,
tiene por primordial, y podría decir por único objeto, alcanzar la
felicidad posible del hombre, su bienestar y su tranquilidad.
Para realizar ese fin se han
ocupado intensamente los pueblos y gobiernos de la tierra, los hombres,
pensadores de todas las latitudes, los ministros de todas las religiones.
Profundos y extensos estudios posee la humanidad sobre el modo como
influyen en la educación del hombre desde la cuna hasta la plenitud de su
desarrollo, la sobrehumana y celestial ternura materna, la austeridad
paterna, la escuela, la mujer, el colegio, la iglesia y la sociedad.
Igualmente extensos y
profundos son los estudios que poseen todas las naciones del globo sobre
la subdivisión de la enseñanza primaria,; secundaria, profesional,
técnica, industrial, y artística, de modo de facilitar la trasmisión y
adquisición graduales de Conocimientos desde la más tierna infancia hasta
la edad madura.
LA EDUCACIÓN EN COLOMBIA
Y nosotros, en nuestro país
hemos recorrido e intentamos recorrer toda la humanitaria y científica
escala que los pueblos más avanzados de la tierra van adoptando para ese
fin, suprimiendo dificultades, allanando obstáculos, diluyendo
resistencias, regando de pétalos de rosas el camino ascensional que antes
estaba cubierto de espinas y guijarros que imposibilitaran cruelmente a
los pocos que podían perseverar en recorrerlo hasta el fin.
Ahora mismo, el inteligente
compatriota, Agustín Nieto Caballero, con fe de apóstol y abnegación de
iluminado, nos ha traído al sabio profesor Decroly para alumbrar con sus
destellos gran parte del principal sendero que debemos recorrer. Y una
misión pedagógica, compuesta de muy ilustrados competentes técnicos, acaba
de presentar al Gobierno un sesudo proyecto de ley orgánica de la
instrucción pública. Pero no es de los métodos y sistemas más aventajados
para educar al hombre desde el kindergarden hasta la Facultad
Universitaria, de lo que me propongo hablaros. No es de los medios que
deben adoptarse para habilitar al niño hasta que sea hombre; no es de los
hombres del mañana que comienzan hoy, o comenzarán bien pronto, la
laboriosa tarea de capacitarse para la lucha de la vida, ni del ejército
de niños y de jóvenes que van ascendiendo en diversas jornadas la empinada
altura del saber, con la justísima ilusión de encontrar en ella la soñada
felicidad, el anhelado bienestar, o siquiera la modesta y silenciosa
tranquilidad. Bien está lo que se ha hecho y se hará en servicio de esos
millares de hermanos que así capacitados serán brillantes y eficaces
conductores de nuestra nacionalidad, y merecerán las bendiciones de la
posteridad, como merecen hoy el aplauso de todos nuestros conciudadanos
cuantos han consagrado sus esfuerzos, sus capitales y su vida a tan
hermosa labor.
MATERIA DE LA CONFERENCIA
Pero, como os he dicho, no es
de aquellos métodos y sistemas de lo que voy a trataros fatigándoos, sin
duda, con la expresión de mi brumoso pensamiento. Quiero hablaros de los
métodos y sistemas que deben adoptarse para que realicen siquiera en parte
sus ensueños de felicidad, de relativo bienestar, de silenciosa
tranquilidad, las muchas unidades de los que coronan, o casi coronan, la
altura y se encuentran en ella impotentes en absoluto para realizar una
sola de sus acariciadas ilusiones; de los muchos centenares que tuvieron
que abandonar la cuesta y quedarse en la falda de la montaña, porque la
adversidad, la pobreza, las necesidades de la vida, los ineludibles
deberes de la existencia y de los afectos, no les permitieron perseverar
en aquella vía de esperanzas, y los obligaron a enfrentarse a la penosa
realidad de sus necesidades; de los muchos millares que apenas recorrieron
el primer trayecto de su instrucción, a quienes la suerte condenó a no
poder pasar de allí; y de los millones, de la inmensa multitud, que no
tuvo ocasión, ni modo de dar un solo paso en aquella senda encantadora y
encantada.
De los primeros he de deciros
que sus ensueños y esperanzas se convierten en amarguras más crueles que
las que experimentan los que forman parte de las multitudes que acabo de
mencionar. El hombre de cerebro cultivado y que carece de campo o de modo
de aplicar productivamente el arsenal de conocimientos, que almacenó
durante su vida, y a quien le falta el indispensable sustento, es mil
veces más desgraciado que aquel que conserva su inteligencia en la
horrible lobreguez de la ignorancia, y es preciso darle a aquel el
elemento que necesita para que los destellos de su inteligencia hagan
brotar pan para conservar la vida, abrigo para su desnudez y techo bajo el
cual albergarse, de manera que obtenga algo de la silenciosa tranquilidad
con que soñó. «Los tormentos de la ciencia aliada a la indigencia, son
infernales» me decía en una ocasión un sabio profesor.
De los otros grupos, de los
que quedaron en la vía, de los que apenas comenzaron a trillarla, y de los
que no llegaron a posar en ella una sola vez su planta; de todos estos,
que son los más, es de los que quiero hablaros para que busquemos los
medios que se requieran para que su incompleta o incomenzada educación
adquiera los medios de conquistar alguno o algunos de los ideales
anotados.
EL CAPITAL Y EL TRABAJO
Convendréis conmigo en que
tratándose de la mayoria de la humanidad, y por tanto de las incontables
multitudes que pueblan nuestro territorio, debemos invertir las palabras
bíblicas, y decir que no sólo de pan del espíritu vive el hombre sino
principalmente, y todos del pan del cuerpo. Y este pan del cuerpo ha de
amasarse, como lo dice también el sagrado libro, con el sudor de la
frente, y el sudor de la frente es el trabajo; mas ese sudor requiere la
masa que ha de emulsionar. Es decir que se necesita de la base, que es el
capital, y del esfuerzo, que es el trabajo; porque para la creación del
pan se requiere indispensablemente de los dos elementos, como para la
reproducción de los seres, orgánicos se necesita la asociación de los dos
sexos progenitores, y así como uno de éstos no podría por sí sólo dar
nacimiento a sus semejantes, ni el capital sin la cooperación del trabajo,
ni éste sin la cooperación de aquél podrían formar el pan de la vida.
Por esto los sabios
profesionales que almacenaron sólidos conocimientos en su mente, que
escudriñan el origen del dolor que mata, que defienden el derecho de su
prójimo o de sus conciudadanos, que trazan y construyen la carretera o la
vía férrea, que alivian a sus semejantes de los dolores bucales, requieren
que los beneficiados los por su saber tengan modo de pagarles sus
esfuerzos y diligencias, que son trabajo, para que los dos elementos creen
el pan que ha de nutridos; el industrial, el buhonero, el humilde
trabajador de barra y azada, reciben en pago de su fatiga, que es trabajo,
el jornal que se convierte en pan. La escala es poco menos que infinita, y
en cada una de sus gradas vemos asociados los dos elementos generadores
del pan del trabajador.
LO QUE DEBIERA SER Y LO QUE ES
Si todo marchara así en la
vida real de nuestra agrupación social, todo sería armonía, y todos irían
en el camino que hubiera de llevarlos al ensueño de la felicidad posible,
del bienestar deseado o siquiera de la silenciosa tranquilidad. Pero
desgraciadamente no sucede así: muchos profesionales carecen de los
instrumentos necesarios para la aplicación de sus portentosas facultades
robustecidas por los sólidos conocimientos; muchos de esos mismos hombres
de ciencia salen de la universidad después de ingentes sacrificios de sus
familias, con un diploma de idoneidad pero sin un centavo para su
sustento, sin un centavo para iniciarse en el ejercicio de su profesión;
muchos pequeños industriales carecen de elementos para desarrollar su
modesta industria, muchos jornaleros de la inteligencia, no encuentran
aplicación para sus energías; muchos modestos pero vigorosos luchadores se
debaten en la impotencia por falta de pequeño apoyo; y muchos, muchos más,
no encuentran modo de alquilar sus brazos y sus esfuerzos. De estas
situaciones surge la necesidad del préstamo de capitales para fecundar el
trabajo, impotente para crear por sí solo. Hubo un tiempo en que se
censuraba aún por los padres de la iglesia, el dar capitales en dinero a
interés porque, decían, la moneda no engendra moneda ni la tierra engendra
tierra; pero las necesidades de gobiernos y entidades hizo comprender que
aquella prohibición era absurda, y mantenía en pavoroso estancamiento la
riqueza pública y la energía de los asociados, que ni el capital sólo
podría producir riqueza, ni el trabajo sin la asociación del capital
tampoco podía hacerlo. Pero la desconfianza natural en los poseedores de
economías, individuos o asociaciones, ha avanzando hasta el punto de
brindar capitales a los que ya tienen capital, y como éstos son los menos
numerosos, la mayoría de los hombres poseedores de energías físicas,
morales e intelectuales que, fecundadas por pequeños capitales podrían
crear riqueza personal que acrecería la riqueza pública, quedan sujetos a
la impotencia y son presas de la desesperación, y se ven obligados a
humillante y mal remunerada dependencia, o arrastrados por el hambre a los
vicios y aun al crimen. Todos estos individuos carecen de los elementos
que debe suministrarles la educación para realizar el objetivo de ella. Ya
no se trata de nutrir su inteligencia, más o menos fácilmente, por medio
de sabios sistemas y métodos; se trata de brindarles un apoyo que
reemplace aquellos sistemas y aquellos métodos de que no pudieron servirse
por millares de causas independientes de su voluntad, y que la sociedad
debe procurarles por solidaridad social y aun por egoísta conveniencia
colectiva. En muchas ocasiones sería tan reducido el apoyo que se
necesita, como el que se le presta a un niño que comienza a dar sus
primeros pasos y siente debajo de su débil manecita una mano robusta que
no hace fuerza alguna o el que brinda una flexible cuerda que sirve de
baranda en empinada escalera.
EL CRÉDITO PERSONAL
Ese apoyo debe tener por base
el crédito personal, que es la resultante de un conjunto de condiciones
morales que debe reconocer y acatar, proteger y apoyar toda sociedad
cristiana, previsora y cuidadosa de su porvenir. El crédito personal es el
resultado de la austeridad en la vida, de honorabilidad y corrección de
costumbres de la persistente y comprobada voluntad de trabajar, de
antecedentes de virtud, de facultades físicas para el trabajo, de salud
del cuerpo para soportar fatigas; de legítimas y honestas aspiraciones de
mejorar de situación por medio del trabajo que ennoblece y dignifica.
Todas estas cualidades son un capital moral que no se cotiza en las bolsas
de comercio pero que vale tanto y en muchas ocasiones más que los
capitales económicos que se transfieren con facilidad.
Los hombres persiguen en su
vida de trabajo la consecución de utilidades para atender a sus
necesidades y a la formación de un capital para los días sin sol de la
edad en que decaen las energías, y a preparar base para el trabajo de sus
hijos. La misma aspiración informa la labor de las entidades integradas
por hombres. Pero al lado de esas justas aspiraciones deben existir, si
bien menos intensas, no por eso menos nobles e importantes, las de
retribuir a la sociedad algo de lo que ella nos da, y esto en la forma de
apoyo a nuestros semejantes y colaboración en el mejoramiento del
conjunto. No es esta la solidarización de clases rivales unas de otras,
agresivas y desquiciadoras del orden social, que es criminosa, sino la
solidarización de la humanidad, que es lo noble y lo cristiano.
LO QUE PODRÍAN HACER LOS
BANCOS
Acorde con estas ideas he
pensado y propuesto que los Bancos del país, asociaciones, de hombres más
o menos acaudalados, destinen periódicamente una pequeña porción de sus
utilidades. a formar un fondo que sirva para ayudar a aquellas energías,
honradas, carentes de modos de aplicarse digna y productivamente; a salvar
muchos espíritus de la cruel desesperanza y de la torturante impotencia;
si aquellas instituciones y aquellos, accionistas piensan unos minutos, en
la horrible pavura del capaz para producir, pero impotente para hacerlo
por la falta de pequeño apoyo pecuniario; si piensan en la negrura de las
eternas noches de los que han sed de conservarse altivos y dignos, y
hombre de ocupar lugar decoroso y armónico en la colmena humana, no
vacilarían un instante en cumplir el sagrado deber de ayudar al que
naufraga estacionario, no por culpa propia sino por esta desigualdad del
misterioso destino que enclava en el dolor a muchos inocentes e impulsa en
el bienestar a algunos privilegiados inconscientes de las causas de sus
privilegios.
Es verdad que los que se
sientan a diario a comer abundantes manjares no saben de las torturas del
hambre, y que en los ardientes valles de nuestra zona no se comprende la
necesidad de cubrirse con pieles; pero los corazones, verdadera y
esencialmente cristianos, sí pueden concebir el frío de la desnudez del
alma.
Este apoyo que indico no es la
caridad común que sacia el hambre y la sed del cuerpo, no es la caridad
del alma que enjuga lágrimas de intensa amargura; no es ni el pan dado al
menesteroso ni el beso de Jesús al leproso es algo más que el primero, y
tan elevado como el segundo; es el vigorizador ungüento al gladiador que
ha de luchar con las fieras de la suerte, más feroces que las de los
antiguos circos. No es una dádiva a fondo perdido, puesto que las más
veces se recuperará aumentada, no; es una inyección de fuerza y de
confianza que hará un ciudadano de un paria; una voz de aliento que haría
un feliz de un desheredado, que pagará a quien se la grite, y pagará
también a la sociedad en que viva.
Y si por otra parte, piensan
que el vicio asedia a aquellos atormentados espíritus brindándoles
engañoso olvido, que la necesidad les obliga a doblegar una noble altivez
y a hacerse sumisos, e incondicionales ensayos de otros seres acaso
inferiores en quilates morales; si piensan en que cada hombre así salvado
se convierta en luminosa antorcha que como faro anuncia a los que se
hallan en condiciones semejantes que el Creador Supremo sí ha puesto en
este valle de lágrimas, cristianas esponjas que las alivian y honestas
medicinas que sequen su fuentes, vacilarían menos todavía, porque
multiplicarían sus beneficios con su altruísmo.
Pero acaso sería injusto
exigir de entidades e individuos que expongan aunque sea mínima parte de
sus haberes a los azares de vidas que han podido ser muy virtuosas, pero
que pueden dejar de serio por las veleidades de la suerte, y como aquellos
de quienes hablamos, quieran aunar sus deseos de llenar un elevado deber
social, de provechosos y benéficos resultados probables, al sentimiento
legítimo de su propio interés, que les impulse a exigir garantías a sus
labores por pequeños que sean, he insinuado que otros elementos sociales
cooperen a la obra cristiana y humanitaria en que me ocupo.
Las compañías de seguros, que
tan grandes servicios prestan a la sociedad, basan sus pingües utilidades
en la garantía del buen resultado de operaciones más o menos aventuradas y
contingentes. Los aseguros de vida tienen por fundamento las probalidades
de la duración de la vida humana en cada región de la tierra; tienen en
cuenta, entre otros datos importantes, el número de defunciones de
individuos que no alcanzan a llegar, en un periodo determinado, a la edad
que constituye la duración media, de la vida humana, el número de los que
llegan a aquella edad y el de los que pasan de ella. Con esos datos y los
demás congruentes con ellos, de clima, robustez, género de vida etc.,
forman los cuadros de moralidad y probalidades, y aseguran la vida de los
individuos que llenan las condiciones que consideran necesarias para
correr la contingencia de asegurar la vida por un número de años, mediante
el pago de una prima. La circunstancia de que algunos de esos individuos
mueran antes de la fecha en que ha de expirar el seguro, y tengan que
pagar el valor de éste, con pérdida efectiva para la compañía no las
detiene en el ejercicio de su provechosa y humanitaria industria porque
saben bien que una o varias pérdidas por la causa apuntada, apenas
disminuye en parte poco menos que insignificante, las cuantiosas ganancias
que derivan del aseguro del mayor número de personas, que sí llegan a
vivir el número de años asegurados.
Otro tanto sucede a los
aseguradores contra enfermedades, accidentes imprevisto, siniestros en
viaje para las personas y para los náufragos, averías en mar, en ríos o en
caminos de tierra, rotura, robo y demoras para las mercancías de lícito
comercio. Lo mismo sucede para los incendios de edificios, almacenes,
fábricas, etc. En todo esto, como en los aseguros de vida, tienen las
compañías aseguradoras por base de sus aspiraciones el cálculo de las
probabilidades de que ocurran siniestros más o menos numerosos, y de menor
o mayor intensidad, que las obligue a pagar los aseguros con pérdida
efectiva para ellos, pero pérdidas poco más o menos que insignificantes
comparadas con las cuantiosas ganancias que derivan de los numerosos y
valiosos aseguros que cumplen el tiempo asegurado sin siniestro alguno.
Si las compañías de seguros
cumplieran el deber de cooperación social de que os he hablado, aunándolos
con el sentimiento de su propio interés, podrían fácilmente establecer un
nuevo renglón de operaciones, asegurando, mediante prima, el pago de los
créditos personales que otorgaran los bancos a individuos que se hicieran
merecedores de obtenerlo. Habría sin duda varios, o muchos casos, en que
los aseguradores perdieran el valor de aseguros por la ocurrencia de
imprevisibles siniestros en la vida de los deudores; pero esa pérdida
sería poco menos que insignificante comparada con las cuantiosas
utilidades obtenidas en los numerosos aseguros de la misma especie que
cumplieran sin tropiezo alguno el período de ellos.
UN PLAN DE OPERACIONES DE
CRÉDITO PERSONAL
Así sucede en otros países del
mundo civilizado, como en Inglaterra, donde las compañías de seguros no
sólo garantizan mediante pago de una prima, los créditos de que hablo,
sino que garantizan de la misma manera y basadas en el cálculo de
probabilidades, y en antecedentes honorables semejantes, el buen desempeño
de los empleados de manejo, oficiales o privados. En el Banco de Londres y
América del Sud, establecido en esta ciudad, hay empleados cuyo buen
manejo está asegurado en la forma que dejo explicada por la «Alliance
Assurance Co de Londres Bortholomew Lane». En los Estados Unidos
compañías especiales contribuyen a facilitar y ensanchar el crédito
personal para hacer más cómoda la vida. En aquel país la deuda flotante
por ventas a pagar por semanas y por meses alcanza a $ 3.000.000.000; las
compañías descuentan esos créditos; y las pérdidas que han sufrido no
alcanzan por causa de ellas al 1 por 100.
Para llevar al campo de
realidad éste proyecto, podría adoptarse el siguiente plan, que esbozo
sólo por ahora, para nuestra ciudad capital:
Los bancos existentes en
Bogotá produjeron las siguientes utilidades en el semestre que terminó el
30 de julio pasado:
Banco de la República
482.996.94
Banco de Colombia
136.647.94
Banco de Bogotá
103.860.30
Banco Central
148.217.51
Banco de Londres y América
32.213.16
Banco Francés e Italiano
8.834.56
Banco Hipotecario de Colombia
201.678.47
Comercial Bank
79.469.16
Banco Prendario
5.703.86
Total
1.199.225.90
En la hipótesis de que este
monto de ganancias semestrales se mantuviera invariable, lo que no es
admisible, porque el volumen de los negocios de dinero crece a diario, y
de que los Bancos destinarán el 5 por 100 de ellas a formar el fondo de
que he hablado, tendríamos, en enero próximo $ 60.000 para comenzar
operaciones de crédito personal. Como la cuantía de la suma es redonda por
cada banco y no sería suficiente para iniciar las operaciones proyectadas,
podrían todos los establecimientos hacer una federación parcial entre
ellos, para este único objeto, y que uno de los bancos tuviera la
administración del capital reunido en una sección especial que estaría a
cargo de un sub gerente o empleado superior del banco administrador, bajo
la supervigilancia del director del mismo.
ASAMBLEA DE LOS BANCOS
FEDERADOS
Este subgerente tendría la
colaboración gratuita de una asamblea compuesta por los gerentes de los
bancos asociados, o suplentes de éstos, y un Comité Ejecutivo, compuesto
de tres miembros, nombrados por aquella asamblea. El personal de este
comité sería especialmente encargado de allegar informes respecto de la
honorabilidad, corrección y moralidad de los solicitantes, informes que
deben comprender un período no menor de cinco años. Allegaría informes
también sobre la profesión, industria u ocupación del solicitante,
necesidades que tuviera para ejercer con éxito la primera, como
instrumental, oficina, etc., y los que se refieran a su industria u
ocupación.
Mientras el capital de la
federación de bancos no alcanzara a $ 500.000, coptinuaría aquella
administrándola; cuando el capital pasara de esta suma, podría disolverse
la Federación y asumir cada banco la administración de la parte de capital
que tuviera en el conjunto. Cuando un banco hubiera alcanzado a acumular $
150.000 o más, podría separase de la Federación y asumir por sí mismo la
administración del capital, excepto el Banco de la República, quien por no
hacer operaciones con particulares, estaría siempre para el objeto que se
trata, asociado a otro establecimiento privado.
La administración de esa
sección de bancos federados sería como la de cualquiera de los bancos
asociados, modificado como su Asamblea Central tuviera a bien hacerla.
El Banco de la República
redescontaría las obligaciones a favor de la Federación hasta por el
setenta y cinco por ciento de su capital.
Las utilidades o pérdidas de
la Federación se distribuirían proporcionalmente a los apartes respectivos
de los bancos asociados.
La Federación de bancos, como
filial de los bancos, no tendría las obligaciones que tienen éstos
respecto del Banco de la República.
Es claro que para llevar a
cabo este proyecto se requiere un acto legislativo que lo autorice en todo
lo relacionado con el Banco de la República.
No creo que haya un miembro
del Parlamento que se negara a aprobar un proyecto de tan trascendentales
y benéficos efectos para la patria.
La Federación se disolvería en
los casos de aumento de capital en la cuantía que dejamos expresada, o
cuando en el curso de un año se hubiera perdido el cincuenta por ciento
del capital con que hubiera hecho operaciones en ese año.
OTRA FUENTE DE RECURSOS
Las instituciones bancarias en
lo general acostumbran destinar semestralmente una parte de sus utilidades
para saldar acreencias de dudoso cobro, y algunas veces, para saldar otros
de seguro incobro, que tenían ese carácter desde su origen. Podrían
así mismo destinar además del cinco por ciento de las utilidades para la
formación del fondo de la Federación, una suma mayor; cuando vieran que
las operaciones de éstos daban buenos resultados y requerían aumento de su
capital.
He querido mostraras en lo que
os he expuesto los medios prácticos, posibles, de atender a la
educación de muchísimos individuos que forman los tres primeros grupos
de los que por causas diversas no pudieron adquirir los elementos
necesarios para realizar las legítimas aspiraciones de felicidad posible,
de deseado bienestar, y siquiera de silenciosa tranquilidad. Entro ahora,
pidiéndoos de antemano y de nuevo la misma bondadosa atención con que me
habéis escuchado, a hablaros de medios igualmente prácticos para atender a
muchos de los individuos que forman el último grupo de los que no pudieron
comenzar siquiera la adquisición de los más modestos elementos para
conquistar los fines personales de la educación.
Con este objeto os describiré
algo de lo que pasa en las regiones agrícolas de nuestro país, y me
limitaré a éstos para no abusar de vuestra benévola generosidad para con
quien tiene el honor de dirigiros la palabra.
EL PROBLEMA DEL PEQUEÑO
AGRICULTOR
En los distritos agrícolas,
cafeteros, sucede frecuentemente lo siguiente:
Un agricultor carente de
recursos, de relaciones y de buen consejo, posee una pequeña plantación de
tres o cuatro mil árboles, en una reducida estancia de su propiedad, o
alquilada, plantación hecha en las horas de descanso de cada día de
trabajo y de los días de reposo, con la cooperación material de su mujer y
de sus hijos; cuando se aproxima la época de la cosecha del esperado
fruto, se encuentra sin recursos para recogerla, necesitando de trabajar a
jornal para atender a sus necesidades materiales y de las de su familia,
expuesto a perder la cosecha si no atiende en oportunidad a ella; no hay
en su distrito o aldea persona alguna que le facilite económicamente los
recursos indispensables para recoger el fruto del ímprobo trabajo de él y
de los suyos. En esta situación se le presenta el fondista, el
comerciante, el agricultor en grande escala, quien le propone la siguiente
negociación, que el pobre labrador acepta a falta de algo mejor.
Le suministrará, no en dinero
sino en efectos, las mercancías, zarazas, bayetas, etc., que necesite para
su vestido y el de su familia, los víveres para llenar las mismas
necesidades, carne, manteca, maíz, leche, huevos, etc. y sobre el valor de
todo esto le cargará un interés de uno o dos más por ciento mensual.
El pequeño agricultor se
obliga a venderle la cosecha de su plantación a dos pesos menos por carga
del precio corriente del café, el día de la entrega. Pero la zaraza que
vale diez centavos la yarda la carga a quince, la carne que vale diez
centavos la libra, se la carga a veinte, y así con todos los objetos que
le suministra, a más del interés estipulado, y, finalmente, el precio
corriente del café lo fija el logrero cinco o más pesos menos al efectivo,
y de éste todavía le deduce dos pesos por la rebaja convenida.
Os basta oír las cláusulas de
este negocio para comprender y sentir lo pavoroso de él, para comprender y
sentir cómo el humilde agricultor entrega a las bombas aspirantes de aquel
pulpo el fruto de su trabajo que es su sangre y la vida y la sangre de los
seres que le son queridos.
Otro tanto sucede en las
regiones de clima diferentes con solo el cambio del producto de la tierra,
en vez de café, es trigo o son papas o son cañas; pero la esencia de la
negociación es la misma.
EL BANCO AGRICOLA y EL PEQUEÑO
AGRICULTOR
Un eminente e inteligente
hombre de Estado a quien hablé de estas crueldades de la suerte, me dijo
que ahí venía el Banco Agrícola Hipotecario que corregiría aquellos males;
pero hubo de persuadirse bien pronto de que el pequeño agricultor ignora
la existencia del banco, y que si no la ignora necesitaría, si es dueño de
la parcela cultivada, trasladarse a la capital, o apoderar un
representante, para gestionar la operación por unas pocas centenas de
pesos, y los gastos que le ocasionarían o lo uno o lo otro, aumentarían el
gravamen considerablemente, y si no es propietario, nada podría hacer con
el banco. Por otra parte, las numerosas solicitudes de sumas de
importancia, respaldadas por valiosas fincas extensamente cultivadas, no
darían lugar a las peticiones ínfimas garantizadas con propiedades de
escasísimo valor.
Tanto más cuando la ley
orgánica del Banco Agrícola Hipotecario fija los límites de las
operaciones que éste puede hacer en $ 20.000 el mayor y en $ 500 el menor.
Algo semejante a lo que acabo
de describir sucede con los arrendatarios de estancias que hacen parte de
grandes y valiosas haciendas, lo que ha sido descrito en elocuentes,
vibrantes y patrióticos términos por la pluma diamantina del ex-Presidente
Restrepo, quien lo ha representado con muy vivos hirientes colores, como
disimulada y verdadera esclavitud.
A todos aquellos desheredados,
que son los más numerosos en nuestro país, y en todos los países del
globo, no les ha llegado la educación de que os hablé al principio; no
pueden realizar ninguno de los ensueños de felicidad, de bienestar ni de
silenciosa tranquilidad que tienen derecho a ambicionar. Debemos
proporcionarles medios prácticos y efectivos para que modifiquen, siquiera
en parte, las desigualdades de la cuna, y de la fortuna impuesta por el
ciego destino.
LAS CAJAS RURALES AGRÍCOLAS
Las adversas circunstancias en
que pasan la vida los pequeños agricultores, existen en todos los
políticos de la tierra, y por esta razón ha habido seres de inteligencia
superior y de nobles sentimientos que se han preocupado de su suerte.
Entre ellos figurará en primera línea el alemán Roiffeisen, quien ideó el
establecimiento de las Cajas rurales agrícolas que llevan su nombre, que
tiene por objeto único facilitar a los pequeños agricultores reducidas
cantidades de dinero para atender las urgentes necesidades de su
industria.
Al dirigirme a esta ilustrada
y selecta reunión es innecesario hacer exposiciones de teorías económicas
conocidas por todos nosotros. Me limitaré por tanto a insertar unas pocas
cifras del célebre economista español Velasco.
«En la agricultura, el capital
ha de estar diluído en poder de muchos, en posesión de todos. En las demás
industrias, los productos van a modificarse industrialmente donde el
capital los reclama: en la agricultura, es el capital el que ha de ir a
buscar el último rincón de la tierra cultivable para fecundarla en
consorcio íntimo con el trabajo inteligente».
Otro inteligente autor, Moret,
dice:
«El problema del crédito
agricola consiste en la difusión en la democratización del capital.
El crédito agrícola no es otra cosa sino el medio o procedimiento de hacer
llegar a los pegujaleros, o pequeños propietarios, a los colonos, y aun a
los jornaleros del campo, todos aquellos labradores que no tienen más
garantía que la de una propiedad, la de sus bienes muebles, o solamente la
personal, los beneficios del anticipo de los modestos capitales para el
cultivo».
Las cajas rurales de crédito
agrícola tienen por base los dos principios fundamentales siguientes: la
limitación territorial bien reducida donde funcionan, y la responsabilidad
solidaria de los que la forman, y en todos ellos se requiere el concurso
de un elemento moral gratuito, caracterizado por la abnegación y el
desinterés.
Os anotaré solamente los
lineamentos de las cajas rurales, para no fatigaros con informaciones que
sin duda conocéis.
Las cajas rurales se forman
por reunión de un número de agricultores, ricos y pobres, que no aportaban
capital alguno en su origen, y que hoy aportan de cincuenta centavos a un
peso por una sola vez, pagaderos total o parcialmente por pequeñísimos
instalamentos.
Los asociados en cada caja son
ordinariamente responsables por las deudas que contraiga la caja.
La acción de cada una de ellas
está limitada a un distrito que no tenga más de cuatrocientos agricultores
pequeños, o a una parte, barrio o sección que tenga ese máximum de
cuatrocientos agricultores.
La caja recibe en préstamo
cantidades de dinero en la localidad, a muy poco interés, o depósitos de
ahorros de los habitantes de la misma también a módico crédito.
La caja da en préstamo a
interés muy poco mayor del que paga, pequeñas cantidades a los
agricultores en ventajosas condiciones de plazo, o plazos, para que las
paguen parcial y cómodamente.
PERSONAL DE LAS CAJAS RURALES
La caja es administrada por un
comité de tres miembros, del cual es Presidente, o Gerente, siempre uno de
los más ricos asociados, y por una Junta de Vigilancia compuesta de nueve
o más miembros, encargados de estudiar las condiciones de moralidad,
laboriosidad y honradez de los peticionarios de préstamos. Este comité o
junta examina periódicamente (cada dos meses) si los deudores han
invertido el préstamo en el objeto para que solicitaron, en término de
tres o cuatro semanas.
El producto de la pequeña
diferencia entre los intereses que paga la caja y los que cobra, se
destinan a los gastos de ella, que son muy reducidos, pues todos los
asociados prestan sus servicios gratuitamente; excepto el cajero que tiene
sueldo, y a formar un pequeño fondo de reserva para atender a las
eventualidades que sufran las operaciones de la caja.
En ningún caso se reparten
dividendos. Los préstamos son siempre hechos con sólo la garantía personal
del solicitante, y, a lo más, la de un fiador en las mismas condiciones.
Para hacer un préstamo se
tiene en cuenta: Los antecedentes de moralidades y buenas costumbres del
solicitante. El objeto para el cual se solicita el préstamo. El estado de
la plantación que tenga el prestamista. El valor de la porción de tierra
que desee comprar, si este es el objeto del préstamo solicitado.
Los préstamos se hacen por
seis meses, un año, dos, cinco hasta diez años.
El valor del pozo, drenaje u
obra, o ganado que pretenda hacer o comprar.
En las Cajas Raiffeisen sólo
existe la preocupación de distribuír el crédito al menor interés posible.
El fondo de reserva es indistribuible; los administradores de estas cajas
deben tener el pensamiento libre de toda preocupación personal. Las cajas
no buscan en ningún caso grandes ganancias. Las cajas no son un negocio,
sino una obra de apoyo al trabajo necesitado.
Si la reserva llega a ser de
importancia, se reducirá el tipo del interés. Si una caja se disuelve por
cualquier circunstancia, sus reservas y capital se aplican a dotar otra u
otras cajas de la misma región, y si no hubiere de ellas, se entregarán a
una institución pública para cooperar a la construcción de alguna obra de
utilidad general.
EL DESARROLLO DE LAS CAJAS
RURALES
Son estas las principales
bases para la fundación y administración de las cajas rurales, agrícolas
de Raiffeisen que existen hoy en los principales países de Europa. Rusia,
Alemania, Francia, Austria y España. En sólo Alemania hay más de doce mil
en la actualidad y es un dato que llama la atención y prueba la sensatez
con que se administran y la honradez de los prestamistas, que no se cuenta
que hayan perdido un solo centavo en más de treinta años de existencia.
Las Cajas Raiffeisen se desarrollaron con lentitud en los primeros años de
su existencia: en 1885 había doscientos cuarenta y cinco en Alemania; en
1889 ciento sesenta; en 1891, ochocientas noventa y cinco; y en la
actualidad no hay día en que no se funden una, dos y hasta cinco. No creo,
ni puedo, ni quiero creer que en nuestro país falten espíritus bastante
nobles, generosos y altruístas que acometan la organización de una primera
caja que servirá de ejemplo y de modelo por los grandes efectos
moralizadores y económicos que producirá.
EL PROBLEMA DE NUESTROS
ARRENDATARIOS
Acaso sea yo juzgado como
visionario o iluso por creer en la practicabilidad de este pensamiento,
pero os confieso que no son esos mis menores defectos cuando se trata de
ideales que tiendan al engrandecimiento de la patria y al mejoramiento de
las condiciones de la vida de mis semejantes. Puesto que me he permitido
cansar vuestra atención tratándoos de asuntos relacionados con la suerte y
vida de algunos pequeños agricultores, me atrevo á abusar de nuestra
benevolencia haciendo mención de algunos otros medios prácticos para dar a
aquellos y a otros algunos elementos para el éxito de la educación
efectiva que podemos darles. Hace doce años un modesto ciudadano, colocado
accidentalmente en una elevada posición oficial, reunió en su despacho a
varios hacendados para insinuarles la idea de mejorar las condiciones de
la vida de sus arrendatarios y trabajadores. En aquella reunión les habló
de la conveniencia de que las habitaciones de aquellos trabajadores no
fueran los miserables ranchos donde viven hacinados todos los
miembros de una familia, y aun personas extrañas a ella,en una reducida
pieza que es cocina, lugar de trabajo y dormitorio; donde duermen
abrigados por las mismas ropas que los cubren en el día, que se les
facilitara una casita, pajiza y humilde, pero que tuviera dos piezas de
humilde, un caedizo que sirviera de cocina, techo por donde no penetrara
la luz de la luna y las estrellas, el viento helado y la lluvia; puertas
que ajustaran a sus marcos y pavimentos que no fueran la tierra al natural
ligeramente pisada; que estuvieran situados donde hubiera agua potable,
aunque fuera distante de ella pero no a la orilla de vallados que
conservan el agua estancada; que con la habitación se les facilitara
gratuitamente el uso de una pequeña porción de tierra, media fanegada, que
pudieran cultivar en su provecho en las horas de descanso diario y algunas
de los días de reposo; que les facilitaran, en calidad de reintegro, la
semilla que hubieran de necesitar para la siembra de la parcela; que se
les estimulara para conservar blanqueada la casita, y desyerbado un corto
contorno de ella. Todo esto haría que el labriego cobrara cariño a su
humilde morada, le haría adquirir hábitos de aseo, lo alejaría de la
taberna cercana, donde consume en el juego y en la bebida el fruto de su
trabajo, y a donde el instintivamente atraído por el aseo de ella;
cultivaría los afectos de familia, haría experimentalmente el estudio de
las diversas formas, estado y clase de semillas, etc., todo lo cual
reflejaría en beneficio de la hacienda, porque se haría un trabajador más
sano y honrado, albergaría en su mente algunas ilusiones y ensueños, y en
su corazón algunos sentimientos que lo harían recomendable, y, por tanto,
su colaboración sería más eficaz y provechosa.
Algunos de aquellos hacendados
acogieron y pusieron en práctica aquellas indicaciones; pero la mayoría
continuó tratando como seres inferiores a los que viven una vida de
trabajo, de miseria e inesperanza, pues si llegan a pensar en algo para el
mañana, es sólo en la sala común del hospital. Cuanto bien podría hacerse
a aquellos miles de seres que no conocen de la vida sino la luz del sol, y
de la alegría los venenosos efectos del licor!
TRES SUSTANCIALES REFORMAS EN
LA INSTRUCCIÓN
Ya os he hablado de los
infelices trabajadores rurales. Me permitiréis que ahora os diga algo de
lo que dijo el que tiene honor de dirigiros la palabra por la prensa hace
veintisiete años en servicio de la instrucción pública, algo de lo cual se
ha convertido en halagüeñas realidades pero mucho ha dejado de hacerse. Y
quiero aprovechar la presencia del distinguido señor Ministro de
Instrucción y Salubridad Públicas para insistir una vez más en unas tres
innovaciones que juzgo útiles para la educación de los hijos de los
pobres:
LAS BECAS ESCOLARES
Las becas escolares, costeadas
por el tesoro público, son adjudicadas frecuentemente o como acto de
caridad, o fruto de intrigas de diverso orden. Las primeras son plausibles
acciones de beneficencia, las segundas lo son censurables de inmoralidad,
pero ni las unas ni las otras llevan en su adjudicación el pensamiento
primordial en que deben inspirarse, de servir a los grandes intereses de
la educación pública del porvenir.
En Inglaterra se conceden las
becas como recompensa al mérito y al esfuerzo, desde la escuela primaria
hasta la Universidad; al alumno que sobresale en la escuela de primeras
letras se le concede beca para su sostenimiento y estudio en los planteles
de segunda enseñanza, y a los que son sobresalientes en éstos, se les
otorgan becas para que terminen en Eton, Oxford, Cambridge, la carrera que
elijan. De este modo se hace ascender a lugares visibles y propicios, un
buen número de inteligencias útiles y aventajadas que de otro modo se
extinguirían en la oscuridad de la pobreza y de la ignorancia.
LAS BIBLIOTECAS
Carlyle decía hace mucho
tiempo hablando de Inglaterra: «¿Por qué cada población no tiene una
biblioteca? En todas partes vemos policías, prisiones y patíbulos, por qué
no vemos bibliotecas?» Carlyle estaría muy satisfecho de la Inglaterra de
hoy. Toda ciudad debe tener biblioteca gratuita como posee baños públicos;
una y otra cosa se han hecho indispensables. Una de las bibliotecas
populares de Londres recibió en el primer año de su existencia
cuatrocientos mil visitantes; otra, en el barrio de «Hite Chapel», el más
pobre de aquella ciudad, tuvo más de dos mil seiscientos visitantes por
día, y es conservada por los desheredados de la fortuna.
«Para realizar empresas
semejantes es indispensable y decisiva la nación enérgica y perseverante
de algunos hombres. Es claro que en toda democracia moderna la influencia
por el bien pertenece cada día más a los individuos, que aunque no sean
sino cincuenta, aunque sólo sean veinte, consagren resueltamente sus
fuerzas a la cosa pública con un propósito honrado y desinteresado. Un
puñado de hombres resueltos y un objeto definido y determinado es todo lo
que se requiere para tener éxito en un país libre».
Convencido de la verdad que
encierran las palabras que acabo de pronunciar, se inició en 1898 el
establecimiento de una sociedad, de todos los partidos, que deseán la
educación sana, moral, seria, sólida, práctica y provechosa de nuestra
numerosa e interesante clase obrera, que sin aberraciones ni
extravagancias, sin espíritu de secta ni de partido, quieran la formación
de caracteres cristianos, de almas honradas y enérgicas, y de cuerpos
vigorosos, la cual entre otras cosas, fundó una biblioteca gratuita con
salón de lectura para los artesanos, para sus esposas, hijas e hijos, a
donde puedan concurrir libre, cómoda y gratuitamente las familias de los
obreros a pasar unas horas los días de descanso dedicados a adquirir
conocimientos útiles que les hagan vislumbrar más amplios horizontes en la
vida y haga alejar de los vicios a millares de desgraciados.
EL HOSPITAL SAN JOSÉ
La iniciativa particular ha
dado ya entre nosotros, en esta capital, portentosos resultados: El
hospital de San José, magnífico y hermoso establecimiento iniciado y
construído por el selecto grupo de sabios profesores, fundadores de la
Sociedad de Cirugía, cuyo interés por la patria corren parejas con su
filantropía y generosidad y que dedicaron recursos, tiempo y energías a
tan caritativa empresa y cuyos nombres viven en nuestros corazones y
vivirán en los de las generaciones futuras, y consignamos aquí con la
expresión de nuestra admiración y gratitud:
Doctores Hipólito Machado.
Julio Z. Torres, Juan E, Manrique, Eliseo Montaña, Zoilo Cuéllar D.,
Nicolás Buendía, Jose María Montoya, Guillermo Gómez, Diego Sánchez, Isaac
Rodríguez.
El Hospital de la
Misericordia, iniciado, construído y administrado por el sabio y altruísta
doctor Ignacio Barberi.
El Asilo de la Infancia
Desamparada, iniciado, construído y administrado por el ejemplar
presbítero doctor Camargo.
Los dormitorios y asilos
iniciados y construídos por los RR. PP. Campoamor y Valenzuela.
Las varias obras de ornato que
la patriótica Sociedad de Embellecimiento deja cada año como brillantes
muestras de su amor a la ciudad y
EL GIMNASIO MODERNO
El Gimnasio Moderno, que dejo
para finalizar por ser del ramo en que vengo ocupándome. Este instituto,
en el que desde 1914 puso su alma, su corazón y su fortuna para iniciado,
construído y administrarlo el inteligente colombiano Agustín Nieto
Caballero, eficazmente secundado con Rockefelleriana, generosidad por los
ciudadanos modelos José María y Tomás Samper, y por el ilustrado patriota
Tomás Rueda Vargas, y otros cuyos nombres se me escapan, que es un plantel
que hace honor a la América Latina y que necesitaba Colombia con urgencia.
La fundación de este ya
histórico plantel es una demostración palmaria de lo que puede hacer un
puñado de hombres resueltos y un objeto definido y determinado en un país
libre.
Y es una demostración palmaria
también de que la persistente iniciativa de una saludable idea encuentra
más o menos tarde un cerebro valeroso para arraigar y desarrollarse. En
enero de 1898, el que tiene el honor de dirigiros la palabra, y la
impertinencia de abusar de vuestra cultura, esbozó el siguiente segundo
proyecto, del cual inserto la parte principal:
INSTITUTO POLITÉCNICO
II. Organización de una
compañía anónima con capital de $ 200.000 dividido en 2.000 acciones de $
100 cada una, que se colocarán en todo el país, para la construcción de un
edificio amplio, cómodo, aireado, claro e higiénico, en las cercanías de
Bogotá, circundado de extensos prados, el cual será construído para
establecer en él un colegio de primera clase, donde se dé educación que
satisfaga las aspiraciones de los padres de familia.
En el mismo año de 1898 se
organizó la compañía se dispuso la fundación del colegio proyectado, con
el nombre de Instituto Politécnico; se nombró Gerente de la empresa y del
plantel al sabio profesor doctor Rafael Rocha Castilla, a cuya memoria
tributo el homenaje de mi respetuosa admiración y deferente amistad. La
guerra civil que estalló meses después y la desvalorización de la moneda
nacional obligaron al gerente a liquidar la empresa y a aplazar para más
tarde la realización del importante proyecto.
Quince años más tarde germinó
el mismo elevado pensamiento en los privilegiados cerebros de los
ciudadanos que acabo de citar, y con su patriotismo, su inteligencia, su
amor a la juventud, y su desinterés realizaron el proyecto que fue años
antes acariciado en sueño.
Os pido nuevamente perdón por
la fatiga que os he proporcionado, y que me permitáis concluir esta
conversación con las palabras con que terminé en 1898 la exposición de mis
ideas de entonces:
«Muchos de los felices de la
tierra que no tienen idea de la lobreguez en que viven miles de almas, nos
leerán con desdén; otros, pesimistas, que consideran todo bien como
imposible y toda inspiración como una quimera creerán que estamos
perdiendo nuestro tiempo forjando ensueños y fantasías; otros, egoístas;
incapaces de sentir afecto por un semejante, ni compasión por una
desgracia, reirán de nuestros intentos. Pero no importa. No nos detendrá
el desdén de los unos ni la indiferencia de los otros, ni las burlas de
los demás allá»
La anterior conferencia es la
primera de la serie que está organizando la Academia en virtud de la muy
oportuna Resolución, en feliz hora dictada por el señor Ministro de
Instrucción y Salubridad Públicas.
Tanto la Academia como su
Presidente tomarán todo interés para que la iniciativa del señor Ministro
tenga todos los buenos resultados a que debe aspirar, dada su fecunda
trascendencia. |